En una de esas visitas siempre incómodas al dentista —de las que uno no sale especialmente orgulloso, pero sí aliviado— la única distracción posible fue la conversación con mi dentista, don Fernando, un buen aficionado a los toros. Entre comentario y comentario, con esa mezcla de ironía y convicción que dan los años, soltó una frase que en su momento me hizo arquear la ceja: que muchos animalistas lo eran porque, en el fondo, actuaban como animales. Nada más lejos de la realidad, pensé entonces. O al menos, eso quería pensar.
Sin embargo, al ver las pintadas en la fachada del local de la escuela taurina CETA Mar de Nubes en Zaragoza, aquella frase vuelve con una fuerza incómoda. No porque describa una verdad literal, sino porque refleja una actitud que empieza a resultar difícil de ignorar: la de un activismo que ha dejado de lado cualquier forma de razonamiento para abrazar la agresividad, la imposición y el señalamiento.
El mensaje es claro: “Fuera fachas”, “Fuera fachas de este barrio”. No hay matices, no hay reflexión, no hay voluntad de diálogo. Solo hay consignas burdas, simplistas y agresivas que buscan señalar y expulsar al que piensa diferente. Reducir una realidad compleja como la tauromaquia a un insulto político no es una crítica, es una caricatura. Y una caricatura no pretende convencer, sino ridiculizar.
Quienes han hecho estas pintadas no están defendiendo una causa: están demostrando una incapacidad absoluta para sostener sus ideas sin recurrir al vandalismo. Porque marcar una fachada con consignas no es protestar, es imponer. Es apropiarse del espacio público sin permiso, sin respeto y sin asumir ninguna responsabilidad. Es, en definitiva, la forma más fácil —y más pobre— de hacerse oír.
Pero lo más grave es el objetivo elegido. No han dirigido su acción contra una institución lejana o un símbolo abstracto, sino contra un espacio donde también hay menores de edad formándose. Señalar ese lugar con mensajes agresivos y excluyentes no solo es irresponsable, es éticamente reprobable. Supone arrastrar a jóvenes a un clima de hostilidad ideológica que no les corresponde y convertirlos en blanco indirecto de un conflicto que no han creado.
El problema de fondo es que este tipo de acciones no solo desacreditan por completo a quienes las llevan a cabo, sino que revelan una deriva preocupante dentro de cierto activismo animalista. Aquí no hay defensa ética ni debate legítimo: hay vandalismo, simplismo ideológico y una voluntad clara de intimidar. Reducir todo a consignas pintadas no es una forma de protesta, es una renuncia explícita a pensar y a convencer.
Lejos de fortalecer ninguna causa, estas acciones la destruyen desde dentro. No hay ética en el vandalismo, ni razón en el insulto, ni legitimidad en quien pretende imponer su visión señalando y amedrentando. Lo único que queda es una exhibición de intolerancia que, por sí sola, invalida cualquier pretensión moral.
Y la conclusión es tan clara como incómoda: cuando una causa necesita del insulto, del señalamiento y del ataque a menores para hacerse oír, ha dejado de ser una causa para convertirse en un problema.
