La Real Maestranza de Caballería de Sevilla no entiende de estadísticas, sino de verdades. Y la verdad de hoy, 18 de abril de 2026, fue tan rotunda como cruel: se puede torear como un príncipe y terminar a pie de calle por el dictamen de una espada rebelde. Lo que sobre el papel era el gran duelo de la Feria de Abril, un mano a mano con la mítica divisa de Victorino Martín, acabó dejando un regusto amargo, de esos que se sienten cuando la gloria se escapa entre los dedos justo cuando ya se saboreaba. La tarde, que empezó con la tensión de las grandes citas y el cartel de «No hay billetes», se fue descafeinando conforme el acero fallaba y los últimos toros perdían el fondo de casta necesario.
‘Placentino’ abrió la tarde con la seriedad y el poder característico del hierro de la «A» coronada. Manuel Escribano lo recibió con la solvencia de quien conoce cada rincón de este ruedo. Tras un tercio de banderillas vibrante, Escribano tuvo que trabajar la aspereza inicial del toro. Fue al natural donde encontró el ritmo, logrando que el animal planeara con profundidad. Sin embargo, una estocada trasera enfrió la petición y todo quedó en una ovación.
En el segundo, Borja Jiménez dio el primer aviso de lo que sería su gran tarde. Ante un toro encastado y exigente, de los que piden el carnet de torero, el de Espartinas se impuso con un mando sereno. El secreto estuvo en la izquierda: naturales de trazo largo y pulso firme. Sevilla vio la oreja con claridad, pero el palco decidió ser más estricto de la cuenta y la petición no fue atendida. Vuelta al ruedo de peso.
El tercero permitió a Escribano mostrar su faceta más técnica. Fue un ejemplar encastado que exigía una lidia precisa. El de Gerena conectó con los tendidos, especialmente en los inicios de faena, pero el trasteo no llegó a romper en faena de premio. Tras un aviso, el público guardó un respetuoso silencio.
El cuarto toro de la tarde fue el ejemplar que todo torero sueña con encontrarse en Sevilla: profundo, con una clase extraordinaria y una entrega total. Ante él, Borja Jiménez alcanzó la plenitud. Fue una faena maciza, construida desde el reposo y el mando absoluto. Borja dejó la muleta muerta, enganchando la embestida con los vuelos para dibujar naturales que parecían no tener fin. La Maestranza era un solo rugido, viendo cómo el triunfo de dos orejas se cocinaba a fuego lento.Pero, de nuevo, la tragedia del acero. Al igual que le sucedió a Morante el pasado jueves, cuando la espada le robó los máximos trofeos tras una obra de arte, a Borja le falló el estoque en el momento supremo. Dos pinchazos antes de la estocada definitiva convirtieron el clamor en un suspiro de decepción. La historia se repetía: el toreo grande se quedaba sin corona por culpa de la espada. Otra vuelta al ruedo que sabía a poco.
El quinto fue el gran lunar de la corrida. Un toro impropio de esta plaza, mal presentado y con un comportamiento revoltoso y sin clase. Manuel Escribano poco pudo hacer más que mostrar su voluntad ante un animal que deslució el tramo final de su lote. Silencio para el veterano.
Cerró la tarde un sexto que, aunque tuvo buena condición, careció por completo de fondo y poder. Borja Jiménez, herido por el triunfo que se le había escapado en el cuarto, intentó sostener la embestida con delicadeza, pero no había motor para transmitir nada a los tendidos. La tarde, que había nacido para la historia, terminó de forma descafeinada bajo el peso del silencio.
FICHA DEL FESTEJO:
Real Maestranza de Caballería (Sevilla). Corrida de toros.
Toros de Victorino Martín.
8ª de abono – 18 de abril
Manuel Escribano, ovación, silencio tras aviso y silencio.
Borja Jiménez, de gris plomo y oro: vuelta al ruedo tras aviso, vuelta al ruedo y silencio.

