En un tiempo donde todo parece ir deprisa, donde los referentes cambian a golpe de pantalla y la tradición muchas veces queda en segundo plano, sorprende encontrar a un chaval de 16 años que mira hacia atrás para entender el presente. Ese es el caso de Álvaro Puig Simón, joven becerrista de Calanda que vive la tauromaquia con una intensidad poco común para su edad.
No habla de cifras ni de fama. Habla de sensaciones. De verdad. De ese toro “encastado” que, como él dice, “transmite peligro al que está sentado en el hormigón”. Porque Álvaro no busca comodidad, busca emoción, autenticidad, ese punto de incertidumbre que siempre ha definido el toreo más puro.
Su afición no nace del ruido, sino del silencio de una videoteca. Mientras otros jóvenes consumen contenido rápido, él se sumerge en faenas antiguas, estudia a los toreros de otra época y analiza cada detalle como si estuviera descifrando un lenguaje secreto. Su gusto se inclina hacia hierros con personalidad, especialmente el encaste Santacoloma más serio, el de ganaderías como Los Maños o Ana Romero, donde el toro exige y pone a prueba al torero de verdad.
Pero detrás de esa afición hay también una historia de esfuerzo, de oportunidades y de pequeños momentos que marcan el camino. Y ese camino vivió uno de sus capítulos más importantes el pasado viernes 1 de mayo, cuando debutó en su pueblo, Calanda.
Debutar en casa no es cualquier cosa. Es sentir el peso, y el apoyo, de los tuyos. Es salir al ruedo sabiendo que en los tendidos hay vecinos, amigos, familia. Y, aun así, ser capaz de centrarse, de expresar lo que uno lleva dentro. Para Álvaro, aquel día no fue solo una fecha señalada, fue la confirmación de que todo lo trabajado empezaba a tener sentido.
Su evolución no ha sido fruto de la casualidad. Todo comenzó como aficionado práctico, en una vaca de tapia junto a quien hoy es su entrenador en Calanda, figura clave en su desarrollo y a quien guarda un profundo agradecimiento. A partir de ahí, el sueño fue cogiendo forma poco a poco.
Un punto de inflexión llegó cuando el ganadero Jorge Colomer le abrió las puertas de su finca. Aquella invitación marcó un antes y un después: dejó de ser una ilusión lejana para convertirse en una posibilidad real. Desde entonces, el entrenamiento se intensificó y las oportunidades empezaron a llegar.
El 8 de diciembre de 2025 ya había dado un paso importante al torear por primera vez un becerro en solitario, una experiencia que le permitió sentirse verdaderamente a gusto delante del animal. Más adelante, su entrada en la CETA Mar de Nubes de Zaragoza reforzó su preparación tanto física como técnica.
Pero lo del 1 de mayo fue distinto. Fue especial. Fue en casa.
Entrevista | “Lo que sentí ese día no se puede explicar con palabras”
P: ¿Qué significó para ti debutar en Calanda?
R: “Yo creo que lo que sentí ese día es algo que no se puede explicar con palabras, y solo la gente que ha vivido una hazaña similar sabe realmente lo que se siente cuando ocurre.”
P: ¿Cómo empezó todo?
R: “Pues todo empezó como aficionado práctico, cuando salí en una vaca de tapia en la que toreaba quien hoy es mi entrenador en Calanda, y al que estoy eternamente agradecido por todo el apoyo que me da y la confianza que tiene en mí. Desde entonces forjamos una gran amistad y he estado entrenando con él hasta ahora.”
P: ¿Cuándo viste que esto iba en serio?
R: “Al principio todo parecía un sueño lejano, pero empezó a hacerse más real cuando, un sábado cualquiera, Jorge Colomer… me preguntó si quería ir a la finca. Allí fue cuando me di cuenta de que esto estaba funcionando.”
P: ¿Cuál ha sido otro momento clave?
R: “El 8 de diciembre de 2025 toreé por primera vez un animal yo solo… y conseguí sentirme realmente a gusto delante suyo.”
P: ¿Qué sentiste después de torear, especialmente en tu pueblo?
R: “Nada más llevar a la vaca a chiqueros sentí una gran satisfacción… pero cuando llegué al callejón y recibí las felicitaciones, entendí que también había llegado a los demás.”
“Y en la vuelta al ruedo… ver a la gente en pie, aplaudiendo… fue algo impresionante. Sentí que era de las cosas más grandes que voy a vivir en toda mi vida.”
P: ¿Qué viene ahora?
R: “Ahora toca seguir entrenando, corregir fallos y volver a ponerme delante de una vaca. El sueño sería matar un animal en mi pueblo en la feria del Pilar, pero lo importante es seguir mejorando.”
Un debut que marca el camino
Su paso por la plaza de Calanda el pasado 1 de mayo no fue una meta, sino una señal. La de que detrás hay trabajo, criterio y una personalidad que empieza a definirse con claridad. Porque no todos los días un chaval de 16 años tiene tan claro qué toro quiere, qué toreo le emociona y hacia dónde quiere ir.
Queda mucho por recorrer, muchas tardes duras y muchos errores que pulir. Pero también queda esa sensación, la importante, de que lo que hace no es pasajero. Que hay una base, una idea y una pasión que no se improvisa.
Y eso, en el toreo como en la vida, suele marcar la diferencia.

