Sevilla ha vivido una tarde de gran relieve artístico en la recuperación del boato en la tradicional Corrida del Corpus. Morante de la Puebla volvió a dejar su sello inconfundible para abrir de par en par la mítica Puerta del Príncipe tras una faena de enorme poso y personalidad al cuarto de la tarde, desorejando a su oponente en una actuación de corte profundamente sevillano. El cigarrero firmó una obra de aroma clásico, despaciosidad extrema y momentos de gran calado artístico que conectaron de inmediato con los tendidos de la Maestranza. La tarde, sin embargo, tuvo una mayor amplitud de matices, con un papel muy destacado también de Pablo Aguado, especialmente con el capote, y pasajes de enorme empaque al natural de Juan Ortega en el tercero. Todo ello dentro de un festejo que empezó torcido días antes con la presentación de una corrida muy dispar en su cuajo y sin el lujo que requería la fecha, un sabor amargo que el de La Puebla se encargó de maquillar en el ruedo.

La tarde arrancó con complicaciones tras la devolución del primero de Hermanos García Jiménez. En su lugar salió un sobrero de Garcigrande, de nombre «Lancero», noble pero que evidenció problemas de visión por el ojo izquierdo. Morante lo veroniqueó de forma despaciosa, durmiéndose en los lances antes de cerrar con una media al ralentí. Tras sacárselo al tercio con ayudados por alto, cimentó una labor templada en redondo y al natural, reduciendo la embestida con un ramillete de muletazos toreando con todo el cuerpo. Lo esperó una barbaridad en la suerte suprema antes de enterrar el acero y pasear la primera oreja. En el segundo, «Veraneante», Juan Ortega se topó con un toro cogido con alfileres que soltó la cara en el capote. Con suavidad y mimo, el sevillano lo llevó a su altura y se acopló al natural en series de bellísima factura, templanza y cadencia, durmiéndose en el trazo antes de saludar una ovación tras pinchar en lo alto y dejar una estocada entera.
El tercero, «Fanfarrón», permitió a Pablo Aguado lucirse de capote tras irse a porta gayola y resolver con un farol, dejando después tres suaves verónicas a pies juntos y personalísimas chicuelinas. En este toro llegó uno de los grandes momentos de la tarde en los tercios de plata; Iván García cuajó un tercio de banderillas soberbio, asomándose al balcón con una pureza extraordinaria y dejando un último par de una exposición tremenda que obligó a saludar montera en mano junto a Sánchez Araujo tras una ovación atronadora de la plaza. Con la muleta, ante la mermada condición y el poco empuje del de Matilla, Aguado condujo a media altura con suma naturalidad, sutileza y torería en un final de gran personalidad, siendo ovacionado tras encontrar hueso con la espada.
El delirio absoluto llegó en el cuarto de la tarde. «Sosito» no prometía nada tras salir suelto camino de su querencia, pero Morante despertó la plaza con un inicio marca de la casa dibujando trincheras de cartel. Al natural se encajó en muletazos al ralentí, asentando las zapatillas para correr la mano con la cintura y las muñecas en una serie majestuosa que rompió la plaza en dos. En redondo dejó muletazos hondos ante un astado cambiante, exponiendo una barbaridad y regalando adornos de su propia cosecha, molinetes de un aire antiguo y dos pases de pecho de pitón a rabo de una enorme verdad. Tras enterrar el acero al primer intento, le fueron concedidas las dos orejas de forma unánime.
El festejo entró en una tónica más plomiza en el quinto de la tarde, un ejemplar de Garcigrande de nombre «Cotilla». Juan Ortega lo recibió con un vistoso pero desigual saludo a la verónica. El astado ofreció algunas embestidas francas en los primeros compases de la muleta, mostrando mejores condiciones en el inicio del viaje que al final del muletazo. El animal se sentía mucho más cómodo cuando se le daba distancia y se le consentía desde la media, pero Ortega pecó de no otorgarle el espacio exacto que la condición del toro requería. Al encastado astado había que llevarlo siempre enganchado en los vuelos, pues de lo contrario tendía a vencerse y arrollar con peligro. No terminó de encontrar la tecla idónea el diestro sevillano en un trasteo largo y voluntarioso que acusó la falta de acoplamiento mutuo, impidiendo que la faena tomara el vuelo deseado. Tras enterrar el estoque con eficacia al primer intento, se impuso el silencio en los tendidos.
Para el cierre quedó «Esaborío», de García Jiménez, un toro que embistió punteando los engaños y que llegó a desarmar a Pablo Aguado en un templado saludo a la verónica a media altura. En el tercio de varas se vivió una lección de pureza y torería a cargo de Juan Antonio Mancebo «Espartaco», quien picó de manera impecable, midiendo el castigo con una enorme fidelidad al canon, citando de frente y agarrándose arriba en el sitio justo para lucir la brava pelea del animal en el peto. Tras el obligado tercio de banderillas, Aguado protagonizó un emotivo momento al brindar la muerte del toro a Morante de la Puebla, fundiéndose ambos en un sincero abrazo en el tercio. El sevillano inició su labor sacándose al toro con prestancia e inteligencia, consciente de que no se podía exigir de más al de Matilla. Con suavidad y un sutil juego de muñecas, hilvanó series diestras marcadas por la cadencia ante un oponente noble pero carente por completo de transmisión y emoción, especialmente por el pitón izquierdo, por donde le costaba un mundo humillar. Pese a la porfía y el centrado oficio de Aguado en una labor que fue apagándose con el fuelle del toro, todo quedó en silencio tras despacharlo de una estocada desprendida.
Con el festejo terminado, la emoción contenida en la Maestranza se desbordó por completo al abrirse la puerta grande. Se desató entonces una auténtica procesión extraordinaria y multitudinaria por las calles del centro de Sevilla que tardará tiempo en olvidarse. Morante de la Puebla, izado en hombros por una marea incesante de partidarios que se jugaban la integridad física en cada metro ante el colapso de la multitud, avanzó en loor de multitud cruzando el barrio del Arenal. La comitiva, completamente desbocada por el entusiasmo de una tarde histórica, escoltó al torero en una hermosa apoteosis de vítores, palmas y clamor popular. La marea humana acompañó el lento y triunfal avance del torero de oro y azabache por las calles sevillanas, convirtiendo el trayecto en una estampa de otros tiempos que no cesó hasta plantar al héroe de la jornada, exhausto pero triunfante, en las mismas puertas del Hotel Colón, sellando así un Corpus de época.