Si uno se asoma a la plaza del Ayuntamiento cualquier seis de julio a las once y media de la mañana, contemplará un océano uniforme. No hay distinciones sociales, ni procedencias, ni ideologías; solo existe una piel idéntica que viste a miles de personas. El blanco absoluto y el rojo más vivo. Hoy en día, esta combinación es el símbolo inequívoco de San Fermín en todo el planeta, pero su adopción colectiva es mucho más reciente de lo que la mayoría imagina. Su origen mezcla la devoción religiosa más extrema, la identidad de las peñas de amigos y una búsqueda estética que cambió para siempre la fisonomía de la fiesta.

Para rastrear el uso del pañuelo rojo, hay que viajar casi dos milenios atrás en el tiempo, hasta la mismísima Roma imperial. La tradición católica dicta que San Fermín, co-patrón de Navarra e hijo del firmatario romano de la ciudad, viajó a las Galias para evangelizar y terminó siendo decapitado en la ciudad de Amiens en el siglo tres. En la liturgia de la Iglesia, el color de los mártires (aquellos que han dado la vida por su fe) es estrictamente el rojo, el color de la sangre derramada. Por tanto, los pamploneses comenzaron a anudarse un pañuelo de este tono al cuello como un símbolo de respeto, recuerdo y protección hacia su santo.
Sin embargo, durante siglos, la gente acudía a las fiestas vestida con sus mejores galas de domingo, sin importar el color. Había trajes oscuros, camisas de vestir y ropas de diario. El nacimiento del uniforme completamente blanco y rojo tal y como lo conocemos hoy se gestó en los locales de la Peña La Única en los años treinta del siglo pasado. Los miembros de esta asociación buscaban una vestimenta que los diferenciara del resto de los mortales y que, a su vez, fuera económica y cómoda para aguantar los rigores de la juerga callejera.
La elección del blanco no fue casualidad. Se inspiraron en la vestimenta de los antiguos pelotaris que jugaban en los frontones navarros y también en los atuendos de los txistularis oficiales del municipio. Era una ropa limpia, barata y que contrastaba de manera espectacular con la faja y el pañuelo colorados. La estampa era tan potente visualmente que el resto de las peñas y los vecinos de los barrios no tardaron en imitarla. Para mediados del siglo veinte, la marea blanca y roja ya había conquistado cada rincón del Casco Viejo.

Hay una norma no escrita que todo pamplonés respeta a rajatabla y que se transmite de padres a hijos. El pañuelo rojo jamás se coloca en el cuello antes de que estalle el Chupinazo. Hasta las doce en punto del mediodía del seis de julio, el pañuelo se lleva enrollado en la muñeca, en el bolsillo o bien alto en la mano, apretado con fuerza mientras se busca el cielo. Solo cuando la mecha prende y la pólvora anuncia que la fiesta ha comenzado oficialmente, el nudo se cierra en la garganta.
Quedan trece días de impaciencia para volver a sentir ese nudo de emoción. La marea blanca y roja ya está lista para inundar las calles de piedra. A Pamplona hemos de ir.