
La tarde arrancó con el sello inconfundible de Morante de la Puebla, que firmó una obra de bellísima factura de principio a fin ante el primero de su lote, enraizada en el clasicismo y el sabor de la mejor tauromaquia. Recibió al astado con un ramillete de chicuelinas excelsas, mecidas y de mano baja, que encendieron los tendidos desde los primeros compases. No se quedó ahí el magisterio de capa; para llevar al toro al caballo en el segundo encuentro, el diestro dibujó una serie de delantales de muchísimo nivel, con una apostura y una torería descomunales. Tras ello, el astado rompió con fijeza y galope en un magnífico tercio de banderillas que terminó de encumbrar la atmósfera de la tarde. Ya con la muleta, la faena tuvo el aroma de las grandes citas, basando el trasteo en dos series antológicas que resultaron ser la cumbre de la naturalidad, la profundidad y el compás. El embroque tuvo el duende de su firma, templando la embestida con una soberbia economía de movimientos, para terminar abrochando la obra con unos molinetes de cartel de toros, plenos de gracia, que terminaron de rendir la plaza a sus pies. Sin embargo, el broche con los aceros emborronó el triunfo; tras enterrar una media estocada, el de la Puebla del Río tuvo que recurrir al descabello para poner fin a la vida del astado, enfriando la petición en los tendidos.

No terminó de romper Alejandro Talavante en el tercio de capa de salida frente al segundo, donde el inicio resultó más reservado, pero el extremeño se vino arriba tras el primer puyazo al dibujar un vistoso quite por chicuelinas que espoleó los ánimos. Posteriormente, Javier Ambel firmó un tercio de banderillas de máxima categoría, asomándose al balcón con torería y viéndose obligado a desmonterarse para saludar una gran ovación. Ya con la muleta en la mano, Talavantecuajó una gran faena por el pitón derecho de principio a fin, toreando con temple y ligazón, aunque se topó con mayores dificultades al intentar buscar el pitón izquierdo de su oponente. El epílogo de la obra estuvo emborronado por las armas de matar; tras una primera mala estocada, escuchó el primer aviso presidencial, teniendo que sobar al astado antes de recetar una segunda gran estocada que, si bien fue fulminante, le privó de pasear algún premio, quedando todo en una cariñosa y gran ovación desde el tercio.
El estallido de la función llegó en el tercero de la mano de David de Miranda, quien cuajó un exquisito tercio de capapara recibir a su primer oponente, lanceando con suavidad y meciendo los brazos con prestancia antes de conducir al astado al caballo con absoluta maestría, donde se recetaron dos grandes puyazos. Sin embargo, el verdadero éxtasis en los tendidos llegó en el tercio de quites, momento en el que el onubense se plantó firmemente en la arena para firmar una serie de gaoneras antológicas que pusieron la plaza en pie. Con la muleta, De Miranda estructuró una faena de máxima entrega y dimensión, basando el trasteo en tres series antológicas por abajo, plenas de quietud, valor y un temple mayúsculo que terminaron por desbordar la pasión en los tendidos. Tras un certero espadazo, rodó el toro sin puntilla, permitiéndole descorchar el marcador al cortar las dos primeras orejas de la tarde.

En el ecuador del festejo, parecía que Morante de la Puebla iba a firmar una gran serie de capote de salida al cuarto, pero el animal, suelto y sin entrega, impidió el lucimiento que hubiese deseado el diestro cigarrero. La frialdad del astado no auguraba grandes empresas, pero la tarde cambió de rumbo tras un gran tercio de banderillas, donde la cuadrilla anduvo solvente, asomándose al balcón con torería. Fue entonces cuando Morante, tirando de raza, magisterio y un oficio impecable, se inventó una faena de muchísimo nivel. A pesar de que el oponente no colaboró en absoluto, midiendo sus arrancadas y buscando la defensiva, la inteligencia del torero logró imponerse a las nulas facilidades del animal. A base de colocación, mimo y de limar las asperezas, consiguió armar un trasteo de enorme calado que conectó de lleno con la sensibilidad de los aficionados. Tras un certero y efectivo espadazo, la plaza reconoció de forma unánime el mérito y la torería de la obra, concediéndose una oreja de indiscutible peso.
Comenzó Alejandro Talavante la lidia del quinto con una mezcla de torería y maestría con el capote, meciendo los brazos para firmar unas excelentes chicuelinas que despertaron los olés. Sin embargo, la tensión se apoderó de la plaza cuando el toro, enterado y con violencia, remató con tremenda fuerza y reventó las tablas, generando un monumental susto en el callejón. Tras el percance, las aguas volvieron a su cauce gracias a la solvencia de su cuadrilla, que volvió a asomarse al balcón con torería para dejar buenas banderillas. Con la muleta, Talavante apostó fuerte desde el primer segundo y comenzó la faena de rodillas, encendiendo la mecha de la emoción. A partir de ahí, el diestro estructuró una faena de muchos matices por el pitón derecho, templando la embestida, para después consagrar el trasteo al natural. Por el pitón izquierdo llegó la cumbre de la obra, toreando de cabo a rabo con una profundidad y largura excelsas. Para rubricar la gran labor, recetó una media estocada en buen sitio pero de fulminante efecto, lo que desató la petición unánime y le permitió pasear una oreja de ley.
No pudo cuajar David de Miranda al cierraplaza con el capote, un astado de salida suelta que no se prestó al lucimiento y obligó al de Trigueros a justificarse con oficio. La tensión volvió a adueñarse de la plaza y el tendido se heló por completo cuando este sexto, de nombre «Manchuguito», derribó con violencia a Rafael Carbonell en un aparatoso encuentro; finalmente, tuvo que ser el guardapuertas Paco Félix quien se encargara de ejecutar la suerte de varas. Tras el accidentado tercio, De Miranda cogió la muleta dispuesto a no dejarse ganar la pelea por el triunfo. Estructuró una faena de gran nivel y tremenda firmeza, plantándole cara a las complejidades del astado, aunque el trasteo acusó un tono menor que la apoteosis de su primera actuación debido a las cambiantes condiciones del animal. Aún así, la entrega del onubense mantuvo el interés de principio a fin, haciendo sonar los aplausos del respetable que supo reconocer el mérito de la lidia. Tras un rotundo y efectivo remate con los aceros, ,no obtuvo un premio que elevaba su cuenta particular. Finalmente abrió la Puerta Grande de par en par en su segunda comparencia en Badajoz.