Si hoy los Sanfermines son una de las fiestas más conocidas del planeta, si cada mes de julio miles de personas llegan desde todos los rincones del mundo atraídas por el encierro, los toros y la leyenda de Pamplona, buena parte del mérito corresponde a un joven periodista norteamericano que apareció por la Plaza del Castillo en el verano de 1923.
Tenía apenas veinticuatro años.
Era corresponsal del Toronto Star, vivía en París y compartía tertulias con algunos de los grandes nombres de la literatura del siglo XX: James Joyce, Scott Fitzgerald, Gertrude Stein, John Dos Passos, Ezra Pound o Ford Madox Ford.
Todavía no era una celebridad.
Ni siquiera era un escritor consagrado.
Era simplemente Ernest Hemingway.
Y venía buscando un reportaje.
Lo que encontró fue mucho más.
Aquella primera visita a Pamplona le descubrió una fiesta que parecía escrita para él: toros, riesgo, alcohol, amistad, pasión, tragedia y una intensidad vital que encajaba perfectamente con su manera de entender el mundo.
Sus primeras crónicas para el Toronto Star estaban cargadas de entusiasmo y no pocas exageraciones. Describía una ciudad donde los toros corrían por las calles, donde miles de personas participaban en festejos populares y donde la frontera entre la fiesta y el peligro parecía desaparecer durante unos días cada verano.
Hemingway quedó fascinado.
Y regresó.

Volvió en 1924 acompañado por su esposa Hadley Richardson y varios amigos. Corrió el encierro, presenció la muerte del corredor sangüesino Esteban Domeño y comenzó a comprender que los Sanfermines eran mucho más que una simple celebración popular.
Aquella mezcla de alegría y tragedia le impresionó profundamente.
Tanto que acabaría convirtiéndose en uno de los pilares de su literatura.
En 1925 regresó con una idea clara: escribir una novela, presenció el regreso de Juan Belmonte al toreo y descubrió al torero Cayetano Ordóñez, a cuyo arte se enganchó. Durante esas fiestas comenzó a escribir la novela “The Sun Also Rises”, que en su versión castellano se tituló “Fiesta”.
Animado por Gertrude Stein, comenzó a reunir materiales para una obra que cambiaría para siempre la historia de Pamplona.
La novela narraba las peripecias de un grupo de jóvenes extranjeros durante los Sanfermines. Había alcohol, amores imposibles, amistades turbulentas, corridas de toros y largas noches pamplonesas.
Pero había algo más importante.
Por primera vez millones de lectores de todo el mundo descubrían la existencia de Pamplona.
Y querían conocerla.
A partir de entonces la ciudad dejó de ser únicamente una capital navarra con unas fiestas extraordinarias para convertirse en un destino internacional.
Hemingway fue, probablemente, el mayor embajador que han tenido jamás los Sanfermines.
El propio Jerónimo Echagüe, corredor de encierros y amigo del escritor, resumió años después aquella realidad con una frase que sigue plenamente vigente:
«No llegará el día en que Pamplona será capaz de admitir y reconocer el bien que Hemingway ha hecho a Pamplona.»
Durante aquellos años el escritor se integró plenamente en la vida de la ciudad. Frecuentó la Plaza del Castillo, el Café Iruña, Casa Marceliano, el Hotel Quintana de su gran amigo Juanito Quintana y los ambientes taurinos donde desarrolló una pasión que le acompañaría toda la vida.
Primero admiró a Cayetano Ordóñez, el legendario Niño de la Palma.
Después llegaría la admiración por su hijo Antonio Ordóñez.

Aquella afición acabaría cristalizando en «Muerte en la tarde«, publicado en 1932, uno de los libros taurinos más influyentes de la historia.
La proclamación de la Segunda República, la Guerra Civil y sus compromisos profesionales alejaron después a Hemingway de Pamplona durante más de dos décadas.
No regresó hasta 1953.
Ya no era el joven periodista aventurero.
Era uno de los escritores más famosos del mundo.
Ese mismo año ganó el Premio Pulitzer y al siguiente recibiría el Premio Nobel de Literatura.
Habían pasado veintidós años desde su última visita.
Pamplona seguía siendo la misma.
Hemingway ya no.
Se instaló en la habitación 217 del Hotel La Perla, volvió a encontrarse con Juanito Quintana y descubrió una ciudad llena de extranjeros que habían llegado siguiendo las huellas de su novela.
Muchos de ellos estaban allí por su culpa.
O gracias a él.
Aquel verano conoció a Antonio Ordóñez, hijo del torero que había admirado en su juventud, y quedó cautivado por su arte. La amistad entre ambos se prolongaría durante años.
Su última visita tuvo lugar en 1959.
Ahora era un Premio Nobel.

Todo el mundo quería fotografiarse con él, conseguir un autógrafo o simplemente estrecharle la mano.
Fernando Hualde escribió que aquel año Hemingway fue el auténtico rey de los Sanfermines.
Las fotografías de Julio Oubiña lo muestran sonriente, relajado y feliz.
Probablemente nadie podía imaginar entonces el drama que se estaba gestando.
Los dos últimos años de su vida fueron terribles.
La depresión, los problemas de salud, la paranoia y la pérdida de su capacidad creativa fueron apagando poco a poco al escritor.
El 2 de julio de 1961, en Ketchum, Idaho, Ernest Hemingway se quitó la vida con una escopeta de caza.
Tenía sesenta y un años.
Sobre su mesilla descansaban las entradas para la Feria del Toro de Pamplona.
Días antes había telefoneado personalmente al Hotel La Perla para cancelar la reserva que tenía para aquellos Sanfermines.
Nunca regresó.
Pero, en realidad, nunca se fue.
Porque cada mes de julio, cuando miles de visitantes extranjeros llegan a Pamplona buscando el encierro, los toros o la emoción de una fiesta irrepetible, siguen recorriendo el camino que abrió aquel periodista norteamericano de veinticuatro años que llegó en 1923 buscando una historia.
Y terminó convirtiéndose en parte de ella.
Hemingway encontró Pamplona.
Y el mundo encontró Pamplona gracias a Hemingway.
