El toreo, a veces, se rige por una matemática invisible: hay noches de verano en las que el peso específico de lo realizado sobre el albero no se traduce en el marcador de los despojos. La segunda cita del ciclo Rumbo al Futuro fue el reflejo exacto de esa paradoja agridulce, una velada de calor asfixiante donde hubo mucha más verdad, más capacidad y más toreo que orejas paseadas. La culpa, en el mejor y más puro de los sentidos, la tuvo un encierro de Pablo Mayoral que puso las cosas muy caras. El encaste Santa Coloma no regala nada, y menos a quienes empiezan; detrás de la impecable presentación, la movilidad y la indudable clase de los astados, latía ese fondo de sutil pero implacable complejidad que exige el carné de madurez antes de tiempo. Fue un examen de alta escuela técnica donde cada muletazo cotizó a precio de oro, un lote que requería una precisión milimétrica en los vuelos y en las distancias para tapar defectos y limar asperezas, provocando que la espada, implacable juez, terminara por enfriar lo que los novilleros se habían ganado a ley en cada tanda.

Fotografía: Lances de Futuro
Abrió la noche Curro Muñoz, de la Escuela Taurina de Sevilla, que se vio obligado a plantear una labor de menos a más, madurando su quehacer frente a un astado que ofreció dos caras muy definidas. Hubo nobleza y calidad por el pitón derecho, el lado amable por el que el sevillano encontró los pasajes más templados, logrando conducir la embestida con suavidad. Sin embargo, el de Mayoral guardaba la pólvora de la casta y la exigencia por el izquierdo; al natural, el animal se puso exigente y pidió un trazo firme, sin dudas ni titubeos. Muñoz no se achicó, pero el feo borrón con los aceros, escuchando dos avisos, sepultó un esfuerzo que mereció mejor recompensa.
A continuación, Antonio Santana confirmó el excelente concepto y la cabeza privilegiada que atesora. Lo del portuense tuvo un aroma de indiscutible mérito, plantándose con una variedad capotera de inicio para después resolver con inteligencia y una firmeza encomiable una papeleta que quemaba. Le tocó en suerte un ejemplar complicadísimo, de esos que miden en cada viaje y piden los papeles en el embroque. Santana lo entendió a la perfección por ambos pitones, aplicando una notable capacidad técnica y mucho gusto para limar la aspereza de su oponente y construir una faena de mucho peso que, por desgracia, volvió a estrellarse contra el mal uso de la espada, quedando todo en un injusto silencio.
También dejó una actuación estimable Manolo Martínez, que supo sobreponerse a las evidentes dificultades de un ejemplar que guardaba muchas teclas en su interior. No era una labor fácil la de encontrar el sitio exacto ante la encastada condición del de Pablo Mayoral, pero Martínez lo logró a base de voluntad y firmeza, alcanzando los momentos de mayor peso y largura al natural. Una media estocada en buen sitio coronó su entrega, siendo reconocida por el respetable con una cariñosa ovación.
La función alcanzó su punto álgido con la aparición de Roberto Cordero. Los primeros compases de la faena estuvieron marcados por la brusquedad y la aspereza de varios desarmes que amenazaban con deslucir el trasteo, pero el novillero, lejos de descomponerse, se fue agigantando a medida que el de Mayoral apretaba. Surgió entonces un toreo de trazo puro, hondo y de excelente corte, especialmente al natural, donde Cordero logró ralentizar la embestida con un temple exquisito que invita a seguir muy de cerca su evolución. Un pinchazo previo a una estocada trasera redujo el premio a una clamorosa vuelta al ruedo tras una fortísima petición de oreja que el palco, incomprensiblemente, decidió no atender.
La cruz de la moneda en este serio examen ganadero se la llevó Cristian Restrepo, a quien le tocó lidiar con el garbanzo negro del encierro. Frente al ejemplar más deslucido, remiso y complicado del lote de Mayoral, el colombiano derrochó disposición, oficio y capacidad, intentándolo absolutamente todo por ambos pitones, pero el astado apenas ofreció opciones de lucimiento, quedando su esforzada labor silenciada.
El broche a la noche lo puso Juanmi Vidal con una lección de clarividencia y torería desde que el último de la noche asomó por chiqueros. El de Sanlúcar, que regaló un emotivo brindis a su padre, subalterno a sus órdenes esa noche, cuajó una labor asentada, de trazo largo y corte clásico. Supo templar con un criterio excelso la exigente y encastada condición de su oponente, firmando los pasajes más rotundos al natural con un asiento impropio de su escalafón. Un pinchazo previo a la estocada definitiva enfrió el pañuelo del presidente, obligando a Vidal a dar una vuelta al ruedo de tremendo peso que cerró una noche calurosa donde los de Pablo Mayoral recordaron que el triunfo en el toreo ni se regala, ni se regalará jamás.
FICHA DEL FESTEJO:
Miércoles, 1 de julio de 2026. Fuera de abono. Se lidiaron seis novillos de Pablo Mayoral, bien presentados y de buen juego e interesante en líneas generales. El 4º bravo y con calidad.
• CURRO MUÑOZ, silencio tras dos avisos
• ANTONIO SANTANA, silencio tras aviso
• MANOLO MARTÍNEZ, ovación
• ROBERTO CORDERO, vuelta al ruedo
• CRISTIAN RESTREPO, silencio
• JUANMI VIDAL, vuelta tras aviso