La tensión se puede cortar con un cuchillo en los portales de la vieja Iruña porque el tiempo vuela, quedando exactamente cuatro mañanas para que el santo reciba los primeros cánticos en la cuesta de Santo Domingo y la manada siembre el pánico por las calles del Casco Viejo.
Hablar de San Fermín es hablar, de manera inevitable, de la leyenda de los toros de Miura. Ningún otro hierro en la historia de la Tauromaquia posee un idilio tan arraigado, longevo y respetado con el coso de la Misericordia y el adoquín pamplonés. Los toros de las dehesas sevillanas de Zahariche representan la esencia más pura de la Feria del Toro, un emblema de poder, seriedad y comportamiento único que paraliza la ciudad cada vez que sus imponentes estampas asoman por el portón de los corrales.

Sin embargo, esta temporada guarda una particularidad histórica que ha roto los esquemas de los estadísticos y de los aficionados más tradicionales. Este año, la emblemática corrida de Miura se lidiará y correrá el lunes 13 de julio, rompiendo con una norma no escrita pero casi sagrada que dictaba que la legendaria divisa sevillana siempre cerraba la feria el día 14 de julio como broche de oro del abono. Un cambio de fechas que obliga a los corredores habituales a marcar en rojo el lunes como el día del desembarco de las leyendas vivas del campo bravo.
La trayectoria de Miura en Pamplona es un compendio de récords imposibles y anécdotas que forman parte de la mitología de la fiesta. Es la ganadería que más veces ha lidiado en la historia de la feria, una relación de fidelidad mutua que comenzó a finales del siglo diecinueve y que se ha mantenido imbatible frente a modas, crisis y cambios de escalafón gracias al respeto reverencial que la casa de la Misericordia siempre ha profesado a la estirpe de los ganaderos Eduardo y Antonio Miura.

En el asfalto, los toros de la mítica A con asas son animales singulares. A pesar de su imponente alzada y su descomunal esqueleto, los cárdenos y negros de Zahariche no suelen ser los animales más sangrientos del ciclo. Su nobleza en la carrera, su imponente zancada y su fijeza hacen que, a pesar de su tremenda velocidad, suen guiar la manada de manera noble si los mozos respetan sus terrenos y no los hostigan en demasía, aunque cualquier descuido ante sus infinitos pitones se paga con una gravedad extrema.

El calendario aprieta y la impaciencia es ya un clamor incontenible entre la marea blanca. Cuatro mañanas de esperanos separan de ver abrirse el portón de Santo Domingo. La madera de los vallados ya cubre las esquinas de la Estafeta y las zapatillas esperan su momento. A Pamplona hemos de ir.
