Hay tardes en las que el toreo trasciende la mera estadística de orejas y trofeos para convertirse en una metáfora brutal de la existencia humana.
Lo que vivimos en la gran final de San Martín de Valdeiglesias con Sergio Rollón no fue solo el desenlace del Circuito de Novilladas de la Comunidad de Madrid; fue la culminación de un milagro que empezó a fraguarse justo doce meses atrás, al borde de la tragedia. Cuando el novillero salió a hombros como triunfador absoluto, no solo llevaba en sus manos el galardón del certamen, sino la confirmación de que la voluntad inquebrantable de un torero puede imponerse al miedo más profundo.

Hace un año, en Valdetorres del Jarama, el pitón de un astado de Hermanos González no solo le seccionó la arteria femoral, sino que amenazó con amputarle el futuro. Las crónicas de aquella tarde hablaban de un triángulo de Scarpa destrozado, de un traslado urgente en helicóptero a vida o muerte hacia el Hospital La Paz, de quirófanos de madrugada y de una recuperación infernal marcada por una rara complicación muscular (miositis osificante). En esos meses de silencio, de UCI, rehabilitación y dolor, es donde verdaderamente se cimentó el triunfo de este fin de semana. Porque el mayor mérito de Rollón no reside únicamente en haber sanado su cuerpo, sino en haber reconstruido una mente capaz de volver a plantarse frente a la cara del toro sin que el fantasma de la cornada le pesara lo más mínimo en las muñecas.

Y vaya si lo demostró. En una final de altísima exigencia, Rollón no salió a especular; salió a arrebatar. Recibir a tu primer novillo de Montealto con unas ceñidísimas gaoneras, o iniciar una faena decisiva con un espectacular pase del péndulo seguido de derechazos de hinojos en los medios, es la declaración de intenciones de quien sabe que la vida es un regalo y no está dispuesto a malgastarla. Hubo temple al natural, hubo muchísima transmisión y, sobre todo, hubo una insultante verdad en cada cite.
Pero si hubo un instante que encogió el corazón de los tendidos, fue ese emotivo brindis a sus padres antes de lidiar al quinto de la tarde. En esa mirada cruzada entre el albero y las gradas se concentraba todo el sufrimiento y la angustia de un año entero. Cortar dos orejas y dar una vuelta al ruedo son los méritos numéricos que lo acreditan como el justo vencedor de la Liga Nacional de Novilladas en Madrid, pero el verdadero triunfo de Sergio Rollón es otro.

Ha vuelto para dejar claro que el peaje de la sangre no fue el final de su carrera, sino el bautismo de fuego de un novillero que, literalmente, ha regresado del abismo para reclamar su sitio en el escalafón. El círculo está cerrado; la historia de superación, escrita. Ahora, que hable el toro.
