Santander luce con orgullo la bandera de ser una de las grandes citas taurinas del Norte. Una aspiración legítima y sugerente que, sin embargo, vuelve a encontrar su principal escollo en lo que sucede sobre el redondel. Difícilmente podrá consolidarse ese liderazgo mientras la nota dominante sea la irregularidad del ganado y mientras la presentación de las corridas no termine de alcanzar el estándar que la categoría de esta plaza merece.
Concluida la Feria de Santiago 2026, la sensación general deja un matiz agridulce. La feria no ha terminado de colmar el notable interés generado en la previa, en gran medida porque el pilar indispensable de la fiesta —el toro— no terminó de romper. La gestión de Lances de Futuro ha vuelto a acusar cierta tibieza al desembarcar corridas de muy justa presencia, al límite del volumen y necesitadas de un mayor remate. Es evidente que nadie demanda en Cuatro Caminos el cuajo monumental de Bilbao o la seriedad implacable de Madrid; pero el aficionado sí aguarda una mayor armonía, buenas hechuras y una dignidad acorde a la categoría del abono. Y conviene no olvidar que, por muy sugestivas que resulten las combinaciones en el cartel, si el toro no acompaña, la ilusión del público puede empezar a resentirse.
A esta circunstancia se ha sumado un factor técnico que ha condicionado el devenir de los festejos: el estado del ruedo. Santander se distinguió históricamente por aquel piso firme, de tono cobrizo y compacto. Sin embargo, tras la sustitución de la arena el año pasado, la superficie muestra una consistencia demasiado suelta y blanda, más semejante a la playa del Sardinero que a la firmeza que exige una plaza de esta categoría. Especialmente acusado es este problema en el tercio de la sombra, donde tiene lugar gran parte de la lidia. En un terreno tan irregular, los toros pierden pie con frecuencia y se desgastan de forma prematura, privando a los encierros más justos de fuerza del fondo necesario para completar sus embestidas. Los toreros, conscientes de esta dificultad, se han visto obligados a trasladar sus faenas a otros terrenos más estables; ahí estuvo, sin ir más lejos, el claro ejemplo de Morante trazando su obra con el último toro de la feria lejos del escenario habitual.
Como consecuencia de todo ello, el balance artístico del ciclo ha pecado de plano. Más allá de destellos muy aislados, la nota dominante fue la monotonía de unos festejos anodinos donde apenas sucedieron cosas capaces de perdurar en el recuerdo.
La vertiente más luminosa de la feria ha estado, sin duda, en la respuesta de la afición. El ambiente en la ciudad ha sido extraordinario y la respuesta en la plaza, formidable: tres tardes con el cartel de «No hay billetes» y excelentes entradas en el resto, destacando además la abundante presencia de un público muy joven. Un activo valiosísimo que la empresa cuida con esmero cada año. Con la vista puesta en la próxima temporada, los deberes son claros: elevar un par de peldaños la presencia del toro y devolver al ruedo la consistencia precisa para que toros y toreros puedan expresar plenamente la tauromaquia que llevan dentro.
