La feria de San Sebastián echó el sábado el cierre sin que el ruedo de Illumbe terminara de alumbrar una de esas tardes capaces de justificar por sí solas todo un ciclo. Hubo toros aprovechables, profesionales solventes y algunos pasajes de interés, pero faltó lo esencial para elevar la feria: la rotundidad. Tres tardes de toros en las que el toreo apareció a ráfagas, sin terminar de prender esa llama que convierte una feria en acontecimiento.
No fue una feria de naufragios. Tampoco hubo motivos suficientes para hablar de un triunfo. El balance, por tanto, ha de ser necesariamente contenido. Cuando se apagan las luces de Illumbe, queda la sensación de que San Sebastián ha pasado por la temporada sin dejar una huella artística demasiado profunda.
Jueves 13: Daniel Luque se impone a la adversidad
La primera tarde, con toros de Zalduendo, estuvo marcada por un encierro irreprochable en su presentación, pero falto de la casta y la transmisión necesarias para sostener la corrida. Casi todos los toros acabaron desfondándose y solo algunos dejaron materia para el toreo.
Daniel Luque fue el nombre más destacado. El sevillano volvió a poner en valor una de sus principales virtudes: saber descifrar al toro que tiene delante y construir faena incluso cuando las condiciones no invitan al lucimiento. Cortó dos orejas de dos toros mediocres, más por capacidad que por la condición de su lote. Supo sacar partido de lo que tenía delante y terminó imponiendo su oficio sobre las limitaciones de la corrida.
Diego Urdiales dejó otro tipo de mérito, menos visible en el marcador pero reconocible para el aficionado: la disposición ante la adversidad. El riojano se llevó un lote muy complicado. Tuvo que enfrentarse a un primero soso y falto de fuerza y a un cuarto manso, sin raza y acobardado. No hubo materia para el triunfo, pero sí la actitud de quien no se deja vencer por las circunstancias.
Borja Jiménez volvió a dejar la sensación de tener entre las manos una tarde de mayores vuelos. El sexto de Zalduendo, el toro de mayor calidad y fondo de la corrida, permitió atisbar al torero que puede ser cuando encuentra continuidad. Pero la espada, una vez más, se interpuso en el camino del triunfo. Es una constante demasiado repetida como para pasarla por alto.
Viernes 14: Daniel Luque encuentra el toro de la feria
La segunda jornada, con toros de Carmen Lorenzo y Garcigrande, ofreció un panorama algo más agradecido. Sin ser una corrida plenamente redonda, permitió que apareciera el toro que terminó sosteniendo buena parte de las esperanzas del ciclo.
Daniel Luque, que entró en sustitución de Morante de la Puebla, volvió a ser protagonista. Encontró en el sexto al animal de mayores posibilidades de toda la feria. Lo vio pronto, lo llevó a más y terminó exprimiendo sus virtudes hasta construir la faena más importante del abono. Hubo capacidad, mando y una lectura precisa de las condiciones del toro. El pinchazo previo a la estocada dejó en una oreja lo que pudo haber sido un premio mayor.
Fue, precisamente, la tarde del viernes 14 la que más cerca estuvo de cambiar el tono de la feria. El toro apareció, el torero supo aprovecharlo y por momentos Illumbe se acercó a ese punto de emoción que se busca en una feria. Pero incluso entonces faltó la redondez definitiva para convertir la tarde en un acontecimiento.
Guillermo Hermoso de Mendoza encontró también el respaldo de un público predispuesto, especialmente con el cuarto, un toro de buen galope y duración que mereció una actuación más redonda. Hubo conexión con los tendidos, pero faltó ese punto de excelencia que habría elevado su actuación.
Manzanares dejó su habitual empaque, aunque sin terminar de encontrar el punto de entrega que exigían sus dos toros. Su actuación quedó así en un terreno correcto, pero insuficiente para alterar el rumbo de una feria que seguía buscando una tarde grande.
Sábado 15: tres figuras sin romper el techo de la feria
La última tarde reunió a Sebastián Castella, Alejandro Talavante y Roca Rey, tres nombres de primera fila que tampoco consiguieron romper el techo del ciclo. Los toros de Alcurrucén pusieron sobre la arena algún animal de interés, aunque con la mansedumbre como denominador común.
Sebastián Castella estuvo técnico, aunque frío, y cortó una oreja a un cuarto bravo al que probablemente le faltó una respuesta más comprometida por parte del torero. El toro ofreció más posibilidades de las que finalmente se tradujeron en la faena.
Alejandro Talavante dejó sus mejores pasajes con la mano izquierda en su primero, pero nunca terminó de establecer una verdadera comunicación con su lote. Hubo calidad en algunos momentos, pero faltó continuidad para que su actuación alcanzara una mayor dimensión.
Roca Rey mostró dos registros. Ante un tercero encastado, de comportamiento irregular y temperamental, sostuvo la faena a base de intensidad. Ante el sexto, parado y sin transmisión, recurrió al alarde y al efectismo como vía para levantar una faena que no terminaba de caminar. El peruano mantuvo así su capacidad para conectar con los tendidos, aunque sin alcanzar la dimensión de sus grandes tardes.
La respuesta de los tendidos fue igualmente desigual. La primera tarde dejó una entrada muy escasa, mientras que las dos jornadas posteriores presentaron un aspecto más animado y una mayor presencia de aficionados. La feria fue ganando ambiente con el paso de los días, aunque sin llegar a alcanzar una gran afluencia.
Y así se fue la feria. Sin una corrida que se impusiera claramente sobre las demás, sin una faena que reclamara con claridad el calificativo de memorable y sin ese acontecimiento artístico que termina dando sentido a todo un ciclo.
Hubo, eso sí, una constante: la posibilidad. Toros con los que se podía hacer el toreo, profesionales con capacidad para hacerlo y momentos en los que pareció que la tarde podía tomar vuelo. Pero casi siempre quedó algo pendiente: al toro, casta y transmisión; al torero, profundidad y rotundidad; y a la espada, en algunos casos, la última palabra.
Quizá sea esa la mejor manera de resumir lo sucedido en Illumbe: una feria de medias tintas, más correcta que brillante. Hubo actuaciones meritorias y algún toro aprovechable, pero faltó esa conjunción de toro y torero capaz de elevar el conjunto y dejar una huella artística de mayor relieve.
San Sebastián necesita que la próxima feria no sea solamente atractiva sobre el papel. Necesita un toro con casta y entrega, un torero dispuesto a jugarse la baza cuando aparezca la ocasión y, entre ambos, esa chispa de emoción que convierte una feria en algo digno de ser recordado.
Porque esta vez, en Illumbe, el toreo apareció. Pero casi siempre se quedó a medio camino.
