Hay tardes que dejan una herida y otras que dejan una enseñanza. En el toreo, donde todo sucede a cuerpo descubierto, ambas cosas suelen ser la misma. Nicasio Carbonell lo sabe bien. El novillero de La Algaba vivió en Sevilla una de esas tardes que ningún torero desea recordar, pero que probablemente termine siendo una de las más importantes de su formación.
La Maestranza no perdona, y aquella tarde del 9 de julio fue especialmente dura para Nicasio. Frente a un eral de Antonio López Gibaja no encontró el sitio ni las soluciones. El novillo le puso delante un espejo demasiado grande para un torero todavía en construcción. Sonaron los avisos y llegó el silencio. Las crónicas coincidieron en señalar su falta de oficio ante un animal que le exigió más de lo que pudo ofrecer aquella noche.
Pero quizá el error sea pensar que una tarde así define a un torero.
El toreo también consiste en saber levantarse.
Y Nicasio se ha levantado.
Lo verdaderamente interesante de su verano no está únicamente en los premios que pueda cortar ni en las tardes en las que consiga sentirse mejor delante de la cara del novillo. Está en la capacidad de recomponerse después de Sevilla. Porque después de una tarde aciaga hay dos caminos: esconderse o volver a ponerse delante.
Lanzahíta, Castellar y ahora Béziers forman parte de ese proceso. Tres escenarios distintos, tres oportunidades para volver a encontrarse consigo mismo y, sobre todo, para demostrar que una mala tarde no puede convertirse en una sentencia.
En Castellar volvió a ponerse delante de los erales. Y apenas unos días después, el camino le llevó hasta Francia. Castellar y Béziers separados por cientos de kilómetros y por una frontera, pero unidos por la necesidad de aprovechar cada oportunidad que aparece.
Entre una cosa y otra hay algo que muchas veces no aparece en una estadística: el esfuerzo.
Las auténticas palizas de carretera. Los kilómetros. Las horas de viaje. El cansancio acumulado. Viajar de Castellar hasta Béziers en apenas tres días no es una anécdota. Es parte del peaje que muchas veces tiene que pagar quien intenta abrirse camino en una profesión tan exigente como esta. Mientras otros pueden permitirse esperar a que llegue una tarde, el novillero que empieza necesita buscarla, perseguirla y, muchas veces, pagarla con sacrificio.
Y ahí está una de las partes más bonitas —y también más desconocidas— de hacerse torero.
El trabajo en silencio.
Porque antes de que llegue el paseíllo están las horas de entrenamiento, el toreo de salón, la preparación física, los tentaderos cuando los hay, los viajes y la incertidumbre de no saber cuándo llegará la siguiente oportunidad.
Y tampoco en esa preparación lo tiene fácil. Nicasio entrena junto a sus compañeros de escuela en una pista de fútbol municipal. La estampa es a veces demoledora: entre una muleta y un capote aparece un balón que se escapa de algún niño que juega al fútbol en la misma pista mientras ellos entrenan de salón. No hay carretones ni grandes medios. Tan solo una ayuda que emula unos pitones y las ganas de unos chavales que intentan aprender un oficio que exige muchísimo antes incluso de pisar una plaza.
Eso es lo que quizá más valor tiene ahora.
No que Nicasio haya olvidado Sevilla. Al contrario. Que haya aprendido de ella.
Un torero no crece únicamente cuando corta orejas. También crece cuando sale de una plaza sabiendo que no ha estado a la altura y, al día siguiente, vuelve al entrenamiento. Cuando acepta la derrota sin convertirla en definitiva. Cuando se monta en un coche después de una tarde dura y pone rumbo al siguiente compromiso. Cuando el cuerpo pide descanso y la profesión exige kilómetros.
Caer es fácil. Levantarse cuando todavía duele es otra cosa.
Por eso el camino de Nicasio Carbonell merece ser observado con paciencia. No se puede exigir a un novillero que tenga resueltos en unos meses todos los problemas que otros tardan años en dominar. Sevilla le mostró cuánto le quedaba por aprender. Las siguientes tardes le están enseñando cómo aprenderlo.
Quizá ese sea el verdadero triunfo de este verano, seguir.
Seguir después de Sevilla. Seguir después de Lanzahíta. Seguir después de Castellar. Seguir cruzando carreteras hasta Francia. Seguir entrenando cuando nadie mira. Seguir creyendo cuando una tarde sale mal.
Porque en el toreo, como en la vida, no siempre importa cuánto tardas en caer.
Importa cuánto tardas en levantarte.
Y Nicasio, de momento, se ha levantado.
