Málaga ha sido el escenario de una tarde épica que pasará a los anales de la tauromaquia contemporánea de la mano de una nueva gesta de Manuel Escribano.
En una jornada marcada a partes iguales por la sangre y por el triunfo rotundo, el diestro Manuel Escribano ha protagonizado una gesta heroica precisamente en el día de su cuadragésimo segundo cumpleaños, al haber nacido el veintiuno de agosto de mil novecientos ochenta y cuatro. El sevillano ha dejado una huella imborrable en la Plaza de Toros de Málaga, firmando una actuación que rebosa estoicismo y un amor incondicional por su profesión.
Todo ocurrió durante la lidia del primer toro de su lote, en el transcurso del tercer tercio. Escribano sufrió una tremenda y escalofriante cornada que encogió el corazón de todos los presentes en los tendidos. Sin embargo, haciendo alarde de una raza inigualable y un valor sobrehumano, se negó en rotundo a abandonar su compromiso con la afición malagueña. En un acto de absoluta entrega y torería, el diestro solicitó a la presidencia alterar el orden de lidia estipulado. Su objetivo era claro y sumamente arriesgado, pues pidió cambiar el orden del toro para torear el cuarto toro en segundo lugar, buscando enfrentarse a su último oponente antes de tener que ingresar irremediablemente al quirófano.
Mermado físicamente pero con el corazón y el orgullo intactos, no solo lidió a ese segundo toro de su cuenta personal, sino que su faena rebosó verdad, temple y una emoción desbordante. La plaza entera, puesta en pie y embargada por la admiración, se rindió a sus pies cuando logró cortarle una oreja de altísimo peso a este astado. Tras pasear el trofeo que certificaba su triunfo y su enorme gesta, el torero se dirigió hacia las manos de los cirujanos que aguardaban con evidente preocupación.

Una vez en la intimidad de la enfermería, el equipo médico pudo comprobar la extrema gravedad de la herida con la que Manuel Escribano había continuado toreando de manera magistral. Según detalla de forma minuciosa el Parte de Asistencia oficial de la Plaza de Toros de Málaga, fechado este veintiuno de agosto de dos mil veintiséis y firmado por la Cirujano Jefe, la doctora Resi de Luna Díaz, el calvario físico del torero fue mayúsculo.
El parte médico certifica que el paciente presentó una herida inciso contusa producida por asta de toro en la pierna derecha, ubicada concretamente en el borde lateral externo. Aunque la herida visible en un primer momento era de unos cinco centímetros y no presentaba sangrado activo, la exploración exhaustiva en el quirófano reveló la verdadera y dramática magnitud del percance. El pitón trazó una trayectoria ascendente de quince centímetros que contundió y dislaceró severamente la musculatura, penetrando profundamente entre el músculo tibial anterior y el gastrocnemio.
Para reparar los graves destrozos ocasionados por el animal, el diestro fue intervenido de urgencia bajo anestesia general. El equipo quirúrgico procedió a la limpieza exhaustiva de la zona, la colocación de un drenaje de Penrose para evitar acumulaciones y el cierre meticuloso de las fascias musculares y la piel. El pronóstico emitido por la doctora fue de carácter reservado salvo complicaciones, detallando de forma explícita y tajante en el documento que la cornada sí le impedía continuar la lidia. Este dictamen clínico hace aún más grande e incomprensible el hito de haber permanecido en el albero para estoquear a su segundo astado con semejantes destrozos en la pierna. Tras la delicada intervención quirúrgica, se ordenó su traslado inmediato al Hospital Parque San Antonio de la capital malagueña para continuar bajo estricta observación médica y comenzar su proceso de recuperación. Ha sido una actuación para la historia, una demostración de poder que confirma ante el mundo entero que los superhéroes no llevan capa, van de luces.
