La Corridas Generales de Bilbao de 2026 nos han devuelto de golpe a esa cruda, inapelable y taurinísima realidad que tan bien conocen la cátedra y el botxo: sostener el listón tras un abono para los anales de la historia, como fue aquel inconmensurable 2025, resulta empresa casi utópica cuando la materia prima —el toro verdaderamente serio, íntegro, rematado, con cuajo, aristas y transmisión— decide aflojar la pisada y dejar la emoción a medias en los chiqueros.
No ha sido, ni mucho menos, un serial baladí ni desprovisto de miga taurina, pero sí de una digestión farragosa y áspera. La nómina ganadera ha pecado de una desconcertante desigualdad, acusando en varios pasajes esa falta de fuelle, casta y vibración que en la arena negra de Vista Alegre jamás se negocian. Sin embargo, entre tanta nobleza lavada, tanta postal liviana y tanto trapío bajo sospecha, emergieron chispazos de casta pura, ardores épicos de toreo a cuerpo limpio y faenas de cinto ancho que obligan a reconocer que en Vista Alegre se vivieron tardes de indudable mérito e importancia.

El arranque del abono fue un fiel reflejo de esa frialdad de primera hora, de esa atmósfera desapacible que tarda en entrar en calor. El envío de rejones de Romao Tenorio se fue consumiendo como una vela en la penumbra de la tarde, dejando inéditos a Sergio Galán y Lea Vicens frente a la descastada y apagada materia prima, y salvando los muebles únicamente un Guillermo Hermoso de Mendoza que tiró de oficio para pasear un trofeo del único toro potable de la tarde.
El Memorial Iván Fandiño, ese vivero sagrado y cantera viva que Bilbao tiene la imperiosa obligación moral de blindar y cuidar con mimo, devolvió cierta temperatura al asunto con el emblemático paseíllo de los novilleros caminando desde el Hotel Ercilla y la incontestable rotundidad de Manuel León. El novillero se mostró hecho, asentado y firme con la zurda, erigiéndose en justo triunfador tras pasar a la final y desorejar a su enemigo por la mañana con el poso de quien pide paso a voces en el escalafón novilleril.
Y en esto, para recordar exactamente dónde estamos y la plaza que pisamos, saltó la casta. Dolores Aguirre no lidió una corrida redonda ni completa en lo ganadero, pero sí soltó en el ruedo el bien más preciado y cotizado del norte: la emoción. Toros con la arista del manso encastado, correosos, ásperos y sin la menor concesión al triunfo fácil. Ahí emergió la figura indómita de Damián Castaño para soportar con verdad y firmeza las acometidas de temperamento de su primer enemigo en una vuelta al ruedo clamorosa, y plantó cara a la fiereza violenta de Cigarrero en el sexto, robándole muletazos de verdadero acero donde no había absolutamente nada, todo entre la bronca al palco por no conceder la oreja pedida por el respetable.
La corrida de La Quinta, en cambio, ofreció la otra faz de la moneda: nobleza manejable pero transmisión con cuentagotas, donde solo Román paseó un trofeo por entender los tiempos y las alturas, mientras Emilio de Justo estrellaba su solvencia frente a un lote descastado y Tomás Rufo discurría demasiado mecánico y encorsetado.
Llegó entonces la cita marcada en rojo, el 27 de agosto, el día de la resurrección en las taquillas de Vista Alegre. Quince años después, los tendidos del coso bilbaíno volvieron a crujir con el histórico y anhelado «No hay billetes». Con la Aste Nagusia hirviendo en los aledaños y la ciudad volcada con su feria, Andrés Roca Rey ejerció de descomunal e imponente imán taurino. El encierro de Victoriano del Río fue un auténtico borrón —insuficiente de presentación, ayuno de raza y sin la presencia exigible en este ruedo—, pero el diestro peruano convirtió el piso de plaza en un volcán a punto de estallar. Pese al viento huracanado que molestaba los trastos, sometió al tercero en un terreno de máxima tensión y cercanías para cortar una oreja, desatando la apoteosis en el sexto con un fogonazo de pura épica y paroxismo: tirarse a matar sin muleta, a cuerpo limpio y descubierto. Un gesto de auténtica heroicidad que incendió Bilbao. En esa misma tarde, Diego Urdiales bordó el toreo de perfume y poso riojano sacando petróleo de donde solo había arena seca, mientras Talavante pasaba de puntillas sin dejar muesca en su paso por el abono.

El tramo final del abono contuvo las claves de mayor entidad artística. Daniel Luque impartió una lección de técnica impecable frente a la corrida de Garcigrande: descifró la querencia de un manso con movilidad, le ganó la cara con maestría y sobó la embestida para inventar una faena donde solo había huida, redondeando su tarde con el temple soberano que le valió la oreja del quinto. Destacó de forma especial la planta firme de David de Miranda, que hizo gala de un valor sereno y una quietud espeluznante ante un noble ejemplar de Domingo Hernández, aguantando impávido en el sitio de las cornadas. Por su parte, Marco Pérez mostró el desparpajo y la precocidad sin complejos de quien plantó cara al sexto con la soltura de los llamados a cotas altas, mientras que Morante dejó para el recuerdo una tanda de naturales a su primero de una cadencia, aroma y abandono absolutos, dentro de un cierre de feria donde Borja Jiménez no terminó de acoplarse ni de encontrar el sitio a las duras complicaciones de un lote exigente.
El balance final, por tanto, exige huir de triunfalismos de escaparate, rechazar la autocomplacencia y mirar el horizonte con absoluto rigor. Bilbao ha demostrado que mantiene vivo el poder de convocatoria y su capacidad de rugir cuando los alicientes se alinean con precisión, pero Vista Alegre no puede ni debe condicionar su existencia a la heroica presencia de una sola figura ni a la ruleta de un cartel aislado en el calendario. Para recuperar el esplendor de antaño, la junta y la empresa deben regresar impepinablemente a la piedra angular de esta plaza: la severa exigencia del toro. El toro serio, bien presentado, fuerte, encastado, íntegro y con esa emoción capaz de dar dimensión real y tragos de verdad al esfuerzo de los toreros. La feria ha dejado materia para el recuerdo en la retina del aficionado, y el camino para que el coloso del norte vuelva a rugir con plenitud sigue estando grabado a fuego en la cenicienta arena de Vista Alegre.
