La expectación que rodea el retorno de Morante de la Puebla a los ruedos ha servido, de manera harto conveniente, como una cortina de humo para ocultar una ausencia mucho más metafísica y preocupante. El aficionado, siempre propenso a la nostalgia y al culto del genio herido, aguarda al de la Puebla con la devoción de quien espera una epifanía. Sin embargo, en un ejercicio de cinismo necesario, cabe preguntarse cuándo se dignará a reaparecer el otro gran nombre del escalafón. Porque, si bien Andrés Roca Rey figura físicamente en las combinaciones de las ferias más rutilantes, su espíritu, su verdad y ese hambre de gloria llevan meses en paradero desconocido.
La temporada de Roca Rey ha sido un monumento al vacío, una suerte de representación burocrática del riesgo donde el torero ha comparecido con el cuerpo, pero ha dejado el alma en el photocall de la última fiesta de sociedad. Es fascinante, a la par que desolador, observar cómo una figura de su calibre ha sucumbido con tanta docilidad a los cantos de sirena de la frivolidad mediática. El peruano ha decidido cambiar el centro del ruedo por el centro de la atención digital, sustituyendo el compromiso ético ante el toro por una estética de catálogo de moda que resulta tan impecable como gélida. Su toreo, antaño volcánico y capaz de someter a la fiera por la vía de la quietud absoluta, se ha transmutado en una coreografía profiláctica.
Es innegable su capacidad para abarrotar plazas como Bilbao o Madrid, pero el éxito numérico es un espejismo traicionero. Andrés ha convertido su temporada en ese estribillo pegadizo que suena en todas partes pero carece de alma; llenar los tendidos es un mérito de gestión, pero habitar el recuerdo del aficionado exige profundidad.

Existe un sarcasmo involuntario en ver a un matador de toros más preocupado por el ángulo de la cámara que por la rectitud del embroque. Roca Rey habita hoy un universo donde el éxito no se calibra por la profundidad de un natural, sino por el impacto mediático. Se ha convertido en un “exiliado del riesgo”, un hombre que pisa las plazas con la actitud de quien cumple un trámite molesto antes de acudir a una cita verdaderamente importante. Esta desconexión con la esencia del sacrificio ha convertido su temporada en un desierto de emociones; sus triunfos, numéricos y descafeinados, carecen de vibración trágica.
Por tanto, la verdadera noticia de la temporada no reside únicamente en la salud anímica del genio de la Puebla, sino en la alarmante desaparición espiritual de quien estaba llamado a ser el eje de la Fiesta. El toreo exige una mística que el actual Roca Rey parece despreciar en favor de una validación constante en los salones de la vacuidad. Si Morante regresa de sus abismos, lo hará con la verdad de su arte a cuestas. De Andrés, en cambio, solo cabe esperar que alguna vez decida abandonar los otros focos y regrese al único sitio donde un torero puede encontrar su redención: el ruedo.
Para ser “Rey” hay que saber reinar.

