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Cómo si el mundo colgara de sus muñecas

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Hoy Sevilla amanece gris. El lunes es más lunes que nunca. La semana empieza y para muchos, lo hace cuesta arriba. Quizás la moral del aficionado sevillano sería otra si los de Justo Hernández hubiesen mostrado una mínima pizca de raza, pero la realidad es la que es, y no es otra que el abono maestrante no pudo tener peor final.

En la previa de la corrida, Morante dejó abiertas las puertas de su futuro en el micrófono de Jesús Bayort. Un simple “No lo sé”, que tendrá en vilo a toda la tauromaquia hasta inicios del nuevo año. Fue inevitable salir de la plaza pensando que cabe la posibilidad de que haya sido su última tarde en Sevilla, y de ser así, a más de uno tienen que sacarlo por la puerta de arrastre.

Este final agridulce no debe opacar lo apabullante de sus comparecencias en su plaza esta temporada. Cuesta recordar la sensación que recorrió nuestro cuerpo la tarde del 12 de octubre, y compararla con la que sentimos en la tarde del Corpus mirando al Guadalquivir. Previo a ello, un conjunto de tardes que difícilmente se irán de nuestra memoria. Desde que sonara “Amarguras” en Santa Marina mientras que se fundía en el precioso terno azabache para dejarnos su primera obra en el coso sevillano, pasando por la inconmensurable tarde del 16 de abril donde parecía que no necesitábamos más toreo tras presenciar aquello. El lunes de pescaíto pagó con sangre su inapelable valor, demostrando la humanidad intransigente de lo que parece divino. La Puerta del Príncipe en el día del Señor no fue más que el colofón a la obra, la espadaña de la torre. Lo de ayer era natural, no puede excusarse el petardo ganadero ni el excesivo castigo en varas, pero estamos mal acostumbrados, era necesario. Reflexionando, no era posible siquiera imaginarnos un ápice de todo esto allá por octubre, y no tendremos vidas para agradecer.

¿Qué hubiese sido sin Morante?. Es difícil concebir la tauromaquia actual sin su figura. La cuestión rondará la cabeza de Garzón, del abonado, del nuevo y del viejo aficionado. Tenemos el deber de sentirnos privilegiados de ser coetáneos del de La Puebla. Debemos ser conscientes de lo afortunados que somos, o hemos sido. No sabemos cuánto más podremos disfrutar de su toreo, lo que sí sabe un servidor es que le contará a sus nietos que presenció a Morante en su plaza.

La incertidumbre se apodera de nosotros, no estaremos tranquilos hasta que volvamos a verlo vestido de luces en su plaza, pero tenemos el deber de agradecer a quién nos hizo aficionados el hacernos presentes del mayor hito torero en este siglo. Aquí seguiremos, buscando su montera decimonónica entre las columnas, observando las vueltas verdes de su capote, presenciando el toreo, como si el mundo colgara de sus muñecas.

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