Finaliza el mes de septiembre y con él, el verano y la primera temporada del coso baratillero con Garzón al frente. La Feria de San Miguel llega a su fin, unos festejos marcados por una variopinta gama de colores, en su inmensa mayoría, tenues. El arenal se teñía de sombreros y abanicos tras un cartel de “no hay billetes”.
Una novillada para ampliar el abono y la feria
La primera de las tardes arrancaría con una novillada con picadores protagonizada por unos astados de Garcigrande carentes de bravura y algo descastados que, al igual que en el final de la feria, limitarían el desarrollo del toreo en la Maestranza.

La positiva de la tarde la pusieron Manuel Domínguez e Ignacio Garibay frente a una Olga Casado algo falta de oficio. El azteca fue el encargado de continuar con la lidia y el de turquesa y oro aprovechó su oportunidad para dejarnos pases en los que casi se paraba el tiempo, dada su despaciosidad. Más tarde, Domínguez salía al albero con aires de torero, confiado y con una diestra al nivel del público maestrante, dejándonos un buen sabor de boca con gusto a torería. El mairenero demostró su capacidad y desparpajo con pases suaves a la par que técnicos.
Faltos de fijeza, bravura y nobleza
La feria comenzaba a tomar forma tras la novillada del día anterior y el cartel del viernes 25 prometía, y mucho. La primera de las corridas encabezada por José María Manzanares, un Alejandro Talavante en un estado exquisito y un Juan Ortega ansioso por demostrar el valor de su toreo, no convenció en absoluto. Los del Puerto de San Lorenzo – La ventana del Puerto decepcionaron en una de las tardes más calurosas en la capital hispalense. La afición contempló un Talavante desafiante, armado de temple y con ganas de salir por la Puerta del Príncipe. El extremeño deslumbró más que el mismo lorenzo en su segundo toro, Manzano, al que le cortó una oreja y supo manejar con trincherillas y molinetes que remataría con pases de pecho.

Sin duda, el pacense, el mejor de la tarde. Entre refinados detalles con el capote y la muleta, continuaría Juan Ortega, aunque sin demasiado éxito. La suerte no cambió para Manzanares que volvía a despedir el ruedo con la misma pasividad e indiferencia que en ocasiones anteriores.
Una tarde de canela y clavo
El final del abono se acercaba y pese a las temperaturas, los tendidos rebosaban ilusión por un acontecimiento que nadie imaginaba. Tenía que ser un sevillano el que tiñese la tarde de un color azul celeste y oro, rematada con gritos de “Pablo Aguado, torero de Sevilla”, que fue llevado hasta el Hotel Colón en volandas. Sin duda, una faena magistral llena de pureza, el maestro supo desempeñar el toreo más clásico, con sevillanía y digno del recuerdo. Solo los más aguadistas pudieron ver en sus ojos emocionados tras su triunfo, un breve reflejo de aquella antológica tarde de abril de 2019 en la que el sevillista saboreó el triunfo y su primera Puerta del Príncipe.

La historia se repetía, mediante una pausada composición de naturales, trincherillas, circulares y molinetes con figura erguida, a sones de “Curro Romero”, como si de una partitura se tratase, Aguado interpretó el toreo de forma inmaculada e inundó hasta al más exigente de los allí presentes de regocijo tras una exhibición de toreo casi melódico. Dos orejas y una plaza arrodillada ante él cerraron la tercera de San Miguel con la actuación del sevillano como cenit de la tarde.
Emilio de Justo y Roca Rey no cesaron en sus esfuerzos por triunfar ante las reses de Jandilla cortando una oreja cada uno en la que fue la jornada más intensa de la feria.
Se hizo el silencio en el arenal
José Antonio Morante de la Puebla retornaba al coso maestrante, a su casa. Sin embargo, los astados de Garcigrande volvieron a decepcionar. Lejos de la faena esperada por todos, la amargura se apoderaba del rostro del genio cigarrero que se mostraba cabizbajo, con gesto solemne. Casi en contra de la voluntad de “Colorido”, el primero de su lote, Morante trató de exprimirlo al máximo con dos tandas de muletazos con su diestra. En el cuarto la suerte no acompañó y tras observar que este padecía de problemas de visión, el presidente mostró el pañuelo verde. Poco más tarde, el sobrero acabó con cualquier ápice de lucimiento por parte del maestro.

El broche de oro parecía transformarse en una fría y amarga despedida que, tras las palabras formuladas por el de La Puebla frente al micrófono de Jesús Bayort, “no lo sé”, mantienen a todos los morantistas y taurinos con un profundo sentimiento de incertidumbre y quién sabe si tornará en nostalgia.
Posteriormente Daniel Luque hizo gala de sus rufinas, trincherillas de medio capote con las que homenajeó a su padre demostrando su gran solvencia y capacidad. A él se sumaría más tarde Borja Jiménez que, no más lejos que su compañero, mostraba gestos de impotencia frente a los de su lote. Así se despedía la última de las tardes en la Maestranza, lo que ha sido para todos una de las temporadas más reveladoras y trascendentales en Sevilla.

