Casta

Sin Casta no hay tú tía

COMPARTIR ESTE ARTÍCULO
Hay tardes en las que uno sale de la plaza con la sensación de haber visto torear muy bien y, sin embargo, con la impresión de que le ha faltado algo. No sabe explicarlo del todo. El torero ha estado por encima, la faena ha tenido temple, ligazón y duración, el toro ha ido y venido con una docilidad casi matemática. Todo parece estar en su sitio. Y, sin embargo, falta ese pellizco que hace que el aficionado se levante del tendido con el corazón un poco más deprisa.

Muchas veces lo que falta es la casta. El toro de hoy es probablemente el más bravo de la historia. La selección ha conseguido animales con una capacidad extraordinaria para embestir, repetir, humillar y desplazarse. Pero quizá, en esa búsqueda de la embestida perfecta, hayamos hecho también al toro más obediente a los toques, más predecible y más noble. Y no deja de ser una paradoja que un animal pueda ser extraordinariamente bravo y, al mismo tiempo, provocar menos incertidumbre.

Porque el toro debe conservar algo de misterio. Tiene que dar miedo. No un miedo vulgar, sino ese respeto que impone un animal que tiene poder, instinto y capacidad para hacer daño. Cuando un toro sale por chiqueros y el tendido entero comprende que aquello no está escrito, empieza verdaderamente el espectáculo. El torero se juega algo y el público lo sabe. Ahí comienza la emoción.

Casta
Foto: EntreToros

La casta es precisamente eso que no se puede medir solamente contando muletazos. Es el fuego que aparece en la arrancada, la prontitud, la fiereza, el orgullo con el que el animal se emplea y esa capacidad de no darse por vencido. Es lo que hace que una embestida tenga personalidad y que el torero tenga que imponerse a ella. Porque el valor adquiere su verdadera dimensión cuando enfrente hay algo que vencer.

Por eso la casta hay que buscarla desde el principio, en la raíz misma de la ganadería. Y ahí las hembras tienen mucho que decir. El tentadero no debería ser únicamente la búsqueda de una vaca que embista bonito, que tenga recorrido y que permita al torero sentirse cómodo. Hay que mirar más allá de la belleza de la embestida. Hay que mirar el carácter, la raza, la prontitud, la capacidad de pelea y, sobre todo, aquello que permanece después del castigo.

Una vaca puede tener clase. Otra puede tener mucha duración. Pero cuando aparece aquella que, además, tiene casta, el ganadero sabe que está viendo algo distinto. Algo que merece estar en el futuro de la ganadería.

Y por eso la suerte de varas no puede quedarse en un mero trámite. El caballo sigue siendo uno de los grandes jueces del campo y de la plaza. Allí se retrata el toro: en la manera de acudir, en cómo se emplea, en la fuerza con la que pelea, en su reacción ante el castigo y en lo que conserva después. La bravura puede anunciarse en una arrancada; la casta muchas veces se descubre cuando el toro ha tenido que demostrarla.

Casta
Foto: El País

No se trata de volver al pasado por nostalgia ni de reivindicar un toro áspero por el simple hecho de ser áspero. El toro bravo puede ser noble, profundo, repetidor y artista. Pero debe conservar ese punto de peligro que hace que cada muletazo tenga importancia. Porque el toreo no consiste únicamente en que el toro embista: consiste en que el hombre sea capaz de convertir el peligro en belleza. Eso es lo que admira el que está en el tendido.

El público puede olvidar una tanda de veinte muletazos perfectamente ejecutados. Lo que difícilmente olvida es ese instante en el que el toro se arranca desde lejos, el torero se queda quieto y durante unas décimas de segundo nadie sabe exactamente qué va a suceder. Ese silencio que se hace en la plaza antes de que el toro llegue a la muleta. Ese instante vale más que muchas estadísticas.

La tauromaquia necesita recuperar esa incertidumbre. Necesita que cuando aparezca un toro por la puerta de chiqueros vuelva a existir la sensación de que puede pasar algo. Porque la emoción nace precisamente de ahí: de saber que el toro conserva su libertad y que el hombre, frente a él, tiene que conquistarla sin dejar de respetarla.

El futuro del toro bravo no debería medirse solamente por cuánto embiste, sino también por cuánto transmite. No basta con criar un toro que permita torear mucho; hay que criar un toro que haga que el aficionado quiera verlo.

Un toro que haga volver la mirada al ruedo. Un toro que imponga. Un toro que emocione.

Porque cuando el toro pierde la casta, el toreo puede seguir siendo técnicamente perfecto, pero empieza a faltarle aquello que lo convirtió en una de las expresiones más profundas del arte: la emoción de enfrentarse a lo imprevisible.

Y en Sevilla, donde sabemos que el arte nunca ha sido solamente hacer las cosas bien, sino hacerlas con verdad, conviene recordarlo.

Sin casta no hay peligro. Sin peligro no hay emoción. Y sin emoción, señores, no hay tú tía.

Autor

¡Suscríbete gratis para estar informado de la actualidad taurina !

¡No hacemos spam! Lee nuestra política de privacidad para obtener más información.

¡Suscríbete gratis para estar informado de la actualidad taurina !

¡No hacemos spam! Lee nuestra política de privacidad para obtener más información.

COMPARTIR ESTE ARTÍCULO