La tensión se puede cortar con un cuchillo en los portales de la vieja Iruña porque el tiempo vuela, quedando exactamente cinco días para que el santo reciba los primeros cánticos en la cuesta de Santo Domingo y la manada siembre el pánico por las calles del Casco Viejo.
Dejar los datos claros es un deber para cualquier cronista de la fiesta, y la historia de este astado de la ganadería del Marqués de Domecq merece ser contada con precisión matemática. No fue una carrera rápida ni limpia; fue una demostración de cómo un toro suelto puede poner en jaque a todo el dispositivo de seguridad de la capital navarra.
La fecha quedó grabada a fuego: el jueves 12 de julio de 2007. Los relojes de la plaza consistorial marcaban las ocho de la mañana cuando se abrió el portón. La manada del Marqués de Domecq enfiló la cuesta a gran velocidad, pero el destino quiso que al llegar a la Plaza del Ayuntamiento el toro Universal sufriera un tropiezo que lo apartó definitivamente del abrigo de sus hermanos.

A partir de ese instante, el toro castaño se convirtió en una pesadilla andante. Completamente desorientado, Universal encaró la calle Estafeta en solitario. Sin la guía de los bueyes, el animal se fijaba en cada chaqueta, en cada zapatilla y en cada movimiento en las aceras. Lanzó derrotes secos a izquierda y derecha, buscando los vallados y alcanzando a varios mozos que no tuvieron tiempo de reaccionar ante las acometidas de un toro que se volvía sobre sus pasos una y otra vez.
La gravedad de aquella mañana del doce de julio se reflejó en el reloj y en los partes médicos. Los pastores tuvieron que emplearse a fondo con las varas y los dobladores sudaron tinta sobre el albero de la Misericordia para lograr que el animal entrara a los corrales. El encierro se prolongó hasta los seis minutos y cuatro segundos, una cifra elevadísima para los estándares actuales de la fiesta.
El balance de heridos de aquella jornada confirmó la leyenda negra de Universal. El toro causó por sí solo siete heridas por asta de toro, repartidas entre la Plaza del Ayuntamiento, el tramo de Telefónica y el callejón de la plaza. Aquella mañana de dos mil siete permanece intacta en la memoria colectiva como el encierro más cruento provocado por un único astado en la historia moderna de los Sanfermines. Aquí os compartimos ese duro e intenso encierro.
El calendario aprieta y la impaciencia es ya un clamor incontenible entre la marea blanca. Cinco mañanas de espera nos separan de ver abrirse el portón de Santo Domingo. La madera de los vallados ya cubre las esquinas de la Estafeta y las zapatillas esperan su momento. A Pamplona hemos de ir.
