Falta muy poco para que la capital navarra se convierta en el epicentro de todas las miradas. El calendario no miente y los corazones se aceleran a un ritmo frenético porque quedan exactamente doce días para que el cohete rompa el cielo y dé comienzo la semana más esperada del año. Los nervios están a flor de piel y los corredores ya ultiman su preparación física y mental. Pero si hay un momento donde el tiempo parece detenerse por completo, donde la respiración se contiene y la emoción se hace carne, es a las ocho menos cinco de la mañana en la cuesta de Santo Domingo. Allí, con el periódico enrollado en la mano, cientos de mozos cantan al unísono frente a una pequeña hornacina. Es el cántico a San Fermín, la oración que precede a la carrera y que cuenta con una historia fascinante hecha de fe, evolución y tradición popular.

Para encontrar la raíz de este ritual no hace falta remontarse a la época medieval, ya que se trata de una costumbre relativamente contemporánea. El origen del cántico se sitúa en el año mil noventa y seis, una época en la que los mozos comenzaron a reunirse de forma espontánea antes de que se abrieran las puertas de los corrales. Al principio, la carrera no contaba con este preámbulo musical; los corredores simplemente esperaban en silencio o comentaban las jugadas en corrillos. Sin embargo, la necesidad humana de aferrarse a una protección divina ante la inminencia del peligro hizo que unos pocos corredores iniciaran la costumbre de encomendarse al santo justo antes de jugarse la vida ante las astas.
La fisonomía del cántico ha ido cambiando de forma notable con el paso de las décadas. En sus primeros años, los mozos cantaban únicamente la versión en castellano que todo el mundo conoce. La famosa letra que reza A San Fermín pedimos, por ser nuestro patrón, nos guíe en el encierro, dándonos su bendición se entonaba con fuerza como una letanía compartida. No fue hasta el año mil novecientos noventa y tres cuando se introdujo de manera oficial la versión en euskera, respondiendo a la realidad cultural y lingüística de la tierra navarra. Desde entonces, el cántico es doble, alternando ambas lenguas en un equilibrio perfecto que dota al momento de una solemnidad sobrecogedora.
La estatuilla del santo que preside el cántico tampoco estuvo siempre allí. La hornacina original que se encuentra excavada en el muro de la cuesta de Santo Domingo permanecía vacía durante todo el año. Eran los propios mozos de las peñas quienes, pocos minutos antes de las ocho de la mañana, subían una pequeña imagen de San Fermín, le colocaban los pañuelos rojos y unos candiles para iluminarla, y la retiraban inmediatamente después de que pasara la manada para evitar que sufriera daños. Hoy en día, la figura cuenta con una réplica permanente resguardada por una estructura de seguridad, pero el gesto de colocarle las flores y los pañuelos sigue manteniendo el mismo misticismo de antaño.

El cántico se repite tres veces consecutivas antes de que el reloj marque las ocho. La primera cita es a las ocho menos cinco; la segunda, a las ocho menos tres; y la última, la más tensa, cuando apenas queda un minuto para que se abra el portón. El silencio que se genera entre cada repetición es sepulcral, solo roto por el sonido de los periódicos chocando contra las manos y los estiramientos de los corredores. Es un momento de comunión absoluta donde el ateo y el creyente se unen bajo una misma voz, implorando la sutil diferencia entre la gloria y la tragedia.
Los relojes no se detienen y la cuenta atrás es ya imparable. Doce días separan a Pamplona de su destino, doce mañanas de espera para que Santo Domingo vuelva a entonar su melodía más sagrada. La madera de los vallados ya se empieza a colocar en las esquinas y los mozos limpian sus zapatillas. A Pamplona hemos de ir.