Faltan exactamente catorce días para que el cielo de Pamplona estalle en una nube de pólvora blanca. Catorce jornadas para que el calendario marque ese ansiado seis de julio y las agujas del reloj se detengan a las doce en punto del medio día. El ambiente en la capital navarra ya se empieza a cortar con la tensión de la cuenta atrás y los pañuelos rojosdescansan planchados en los cajones, esperando su momento. Sin embargo, antes de que el Chupinazo desate la locura y los mozos vuelvan a medirse con la manada, es necesario templar los nervios y recordar la historia. Para entender el encierro actual hay que apagar las cámaras de televisión y hacer un viaje en el tiempo de varios siglos.
Hoy concebimos esta carrera como un desafío enorme, un rito de valor donde el ser humano se mide a la fuerza abrumadora de la naturaleza. Sin embargo, su origen no tuvo nada de poético, ni de lúdico, ni de festivo. El encierro nació por pura necesidad logística y comercial de una ciudad amurallada.

En la Pamplona medieval, los toros que debían lidiarse en las fiestas patronales no nacían intramuros. Los pastores traían las manadas desde el campo abierto y debían cruzarlas por el corazón mismo de la ciudad hasta la plaza donde se celebrarían los festejos taurinos. No había vehículos de transporte ni grandes infraestructuras para mover a los animales. La única manera de llevar a seis bestias de media tonelada a través de un laberinto de calles estrechas y empedradas era guiándolas a pie y a punta de vara.
Originalmente, este traslado se realizaba a altas horas de la madrugada, cuando las calles estaban completamente desiertas. Los pastores, ayudados por bueyes mansos conocidos como cabestros, espoleaban a los toros bravos para que cruzaran el casco urbano a toda velocidad. El objetivo primordial era el confinamiento rápido y seguro del ganado antes de que la ciudad despertara. De ahí, precisamente, viene la palabra: el encierro era el acto técnico de meter a los toros en los corrales.

El giro hacia el espectáculo masivo comenzó con la picaresca local. En algún momento del siglo dieciocho, los jóvenes pamploneses empezaron a encontrar un extraño divertimento en este traslado nocturno. Al principio, la diversión consistía en correr detrás de la manada, gritando y azuzando a las reses para acelerar su paso. Era una gamberrada muy peligrosa que las autoridades municipales perseguían y multaban con tremenda severidad, ya que cualquier distracción podía hacer que un toro se separase del grupo y sembrara el pánico entre los vecinos.

Pero la prohibición de las autoridades no hizo más que alimentar el mito y la emoción. Con el paso de las décadas, hacia mediados del siglo diecinueve, sucedió la gran metamorfosis del evento. Los mozos dejaron de correr por detrás de los toros para empezar a correr por delante de ellos. El peligro ya no se perseguía, se enfrentaba cara a cara. La audacia de aquellos primeros corredores transformó por completo la dinámica. Lo que nació como una humilde tarea de pastoreo se convirtió, de manera irreversible, en una carrera de velocidad, pericia y mucha adrenalina.
El Ayuntamiento de Pamplona, incapaz de frenar la marea imparable de la costumbre popular, optó por regularla en el año mil ochocientos sesenta y siete. En aquella fecha se dictó el primer bando oficial que ordenaba los horarios y las normas estrictas de la carrera. El traslado puramente comercial había muerto para dar paso a la tradición monumental que hoy da la vuelta al mundo. La cuenta atrás ha comenzado en los relojes de la ciudad. Quedan catorce días de espera, catorce días de impaciencia. A Pamplona hemos de ir.