El calendario se consume sin piedad y la cuenta atrás se vuelve cada vez más vertiginosa. Quedan exactamente ocho días para que Pamplona estalle en júbilo y la marea blanca y roja recupere las calles de su Casco Viejo. Mientras la impaciencia crece, la historia nos obliga a hacer justicia con el animal más legendario de la fiesta. Durante años se ha transmitido de boca en boca la hazaña de un can que metió a un toro bravo en los corrales, pero la realidad oculta tras los polvorientos archivos de la prensa navarra es muy diferente, mucho más cruda y, si cabe, bastante más heroica. El auténtico protagonista no fue Sancho, sino el inmortal Ortega.

Este perro de pastor vasco, de pelo rojizo y mirada inteligente, pertenecía al pastor Patxi Astiz. Su presencia en la retaguardia del encierro durante los años cuarenta y cincuenta era matemática. Ortega no era un simple acompañante; cruzaba el recorrido con una seriedad pasmosa, controlando a las reses y protegiendo a los mozos con un instinto protector que asombraba a toda la ciudad.
La leyenda popular siempre contó que Ortega metió a un toro rezagado en los corrales tras una espectacular pelea en solitario sobre el albero de la Misericordia. Sin embargo, la crónica real de aquella mañana de julio de mil novecientos cuarenta y siete dicta una verdad muy distinta. El toro, de la ganadería de Antonio Urquijo, no se quedó suelto en la plaza, sino que se descolgó de sus hermanos en el tramo final del callejón, un embudo estrecho donde se agolpaban cientos de corredores exhaustos.
Al verse solo y acosado por la multitud, el astado se dio la vuelta por completo, amagando con regresar en sentido contrario hacia la Estafeta, lo que hubiera provocado una auténtica masacre. Fue en ese segundo de pánico colectivo cuando Ortega intervino. El can no actuó por iniciativa propia en la plaza; siguió la orden directa de su amo, Patxi Astiz, quien le gritó desde el vallado para que frenara la acometida de la bestia.
Ortega se lanzó al suelo del callejón y se plantó a escasos centímetros de los pitones. No buscaba lucimiento ni torear al animal; su misión era ganar tiempo. El perro empezó a ladrar con una furia inusitada y a morder los cuartos traseros del toro, fijando la atención del astado sobre su pequeño cuerpo y desviándola de los mozos caídos. Gracias a ese valiente hostigamiento en mitad del callejón, los pastores y dobladores pudieron llegar a tiempo con los capotes para reconducir al toro hacia el anillo de la plaza y, finalmente, meterlo en los corrales.
Aquella intervención salvó decenas de vidas en el punto más crítico del recorrido. Ortega no pisó el ruedo para recibir un aplauso, pero su fidelidad inquebrantable a la voz de su amo lo convirtió en una institución absoluta de los Sanfermines en blanco y negro.

Los días caen y la gran cita del año ya asoma en el horizonte. Ocho mañanas de espera nos separan de volver a escuchar el estallido del cohete. El recuerdo de Ortega nos demuestra que, en el encierro, el valor no entiende de especies. Las zapatillas ya están listas. A Pamplona hemos de ir.