La tauromaquia actual padece a menudo un mal endémico: la previsibilidad. En un sistema de despachos que tiende a la clonación de carteles y al acomodo de las figuras con ciertos hierros comerciales, la irrupción con fuerza de nombres fuera del circuito del «bucle» no es solo una buena noticia; es una necesidad biológica para la supervivencia del espectáculo. Hoy por hoy, Borja Jiménez y David de Miranda encarnan esa urgencia de renovación, representando la verdad, la frescura y la capacidad de poner a prueba el statu quo del toreo.
La pasada Feria de Abril de Sevilla ha sido el escenario definitivo para calibrar el peso real de ambos espadas en el escalafón. No entraron para rellenar huecos; entraron para dar un golpe sobre la mesa de la Maestranza.

El paso de David de Miranda por la Maestranza el pasado mes de abril rozó lo apoteósico. El torero de Trigueros firmó una de las páginas más rotundas del ciclo abrileño al cortar tres orejas y abrir la codiciada Puerta del Príncipe con una imponente corrida de El Parralejo. Su triunfo no fue fruto de la casualidad ni de la amabilidad del palco: fue el resultado de un valor seco, un sentido de la distancia descomunal y una firmeza de plantas que terminó por conquistar Sevilla, hasta el punto de alzarse con el prestigioso Trofeo Espartaco al Triunfador de la Feria. De Miranda demostró que tiene el techo tan alto como el que más, reclamando un sitio que la geografía de los despachos le venía negando injustamente.
Por su parte, Borja Jiménez se enfrentó al siempre exigente examen de la corrida de Victorino Martín en el albero sevillano. El de Espartinas dictó una auténtica lección de capacidad, especialmente al natural en el cuarto de la tarde, un astado noble pero que exigía los vuelos arrastrados y el trazo profundo que Jiménez le recetó. Solo los aceros —esos que tantas veces dan y quitan la gloria— emborronaron una actuación de Puerta del Príncipe, quedándose el premio en dos clamorosas vueltas al ruedo. Borja exhibió esa madurez insultante que ya no es sorpresa, sino una magnífica realidad: es un torero capaz de cuajar al toro bravo y someter al encastado con una naturalidad pasmosa.
Es aquí donde reside la verdadera madre del cordero y la crítica más punzante que se le debe hacer a la gestión empresarial moderna: las ferias taurinas no se pueden sostener, temporada tras temporada, apostando de manera casi exclusiva por el binomio Morante de la Puebla – Roca Rey.
Nadie pone en duda el magnetismo en taquilla del peruano ni la genialidad histórica y el aroma del genio de La Puebla; son necesarios, dinamizan el abono y atraen masa. Sin embargo, basar la columna vertebral de cada ciclo casi en exclusiva en sus nombres es un síntoma de pereza empresarial y un billete directo hacia la monotonía.

Un monopolio de dos o tres nombres satura el mercado, aburre al aficionado militante —que es el que pasa por taquilla los treinta días del año— y, lo peor de todo, asfixia el relevo generacional. Cuando los carteles se convierten en un corta y pega idéntico en Sevilla, Madrid, Pamplona o Bilbao, la Fiesta pierde su bien más preciado: la imprevisibilidad y la competencia real. El público necesita ver la tensión de la juventud que quiere destronar al rey, no un pacto de no agresión en los despachos.
La prueba de fuego para refrendar este estatus de figura en ciernes llegará el próximo domingo 7 de junio en Las Ventas. Borja Jiménez se acuna en solitario ante la exigente cátedra madrileña en la Corrida In Memoriam (en homenaje a Ignacio Sánchez Mejías), lidiando seis toros de los hierros de Cortés y Domingo Hernández.
Gesto de figura, responsabilidad absoluta. Madrid, que ya lo adoptó como su nuevo torero predilecto tras su monumental San Isidro del año pasado y sus grandes hitos (como aquel indulto histórico en Bilbao), le espera con la exigencia habitual. Una encerrona en Las Ventas no es un trámite; es un examen de reválida donde Jiménez debe demostrar capacidad de registros, variedad capotera y, sobre todo, fondo físico y mental para mantener el interés de una plaza que no regala nada. Este gesto confirma que Borja no quiere ser un torero de acompañamiento, sino el eje sobre el que gire la temporada.
El camino tras el paso por Sevilla y Madrid ya está trazado en los despachos, y el aficionado exige verlos en las grandes ferias de la temporada. En el horizonte más cercano, David de Miranda tiene por delante compromisos clave para consolidar el impacto de su Puerta del Príncipe sevillana. Tras haber dejado su sello en citas de máxima responsabilidad en San Isidro (frente a ganaderías de calado como El Parralejo y Alcurrucén), el de Huelva debe convertirse en pieza fija de las ferias del norte y de los ciclos de verano, donde su concepto estático y puro cotiza al alza.

Borja Jiménez, antes de su cita en solitario del 7 de junio, tiene también la oportunidad de seguir puntuando alto en los carteles estelares de San Isidro (como la cita de Jandilla). El verano se prevé de una actividad frenética para el sevillano, llamado a sustituciones de peso y a liderar los carteles de máxima expectación junto a las figuras consagradas que ya le miran de reojo.

La Fiesta no puede permitirse el lujo de arrinconar la frescura. Si el triunfo en Sevilla de David de Miranda y la solvencia de Borja Jiménez no se traducen en una presencia masiva y prioritaria en los carteles de la segunda mitad de la temporada, el sistema habrá vuelto a fallar.
Obligar a las figuras consagradas a competir con ellos en el ruedo es la única vía para devolverle la emoción y la autenticidad que el toreo contemporáneo tanto echa de menos. La tauromaquia necesita emoción, renovación y la verdad que ambos derrochan. La afición ya ha dictado sentencia en las plazas: son necesarios. Ahora le toca a los empresarios respetar la pureza de lo ganado en el ruedo y abrir, de una vez por todas, la baraja.