Málaga ya tiene su propia liturgia para la próxima Semana Santa y no será solo una tarde de toros sino una auténtica resurrección del arte. El anuncio del cartel para el Sábado de Gloria ha encendido una mecha de expectación que recorre desde la calle Larios hasta el último rincón de «La Malagueta«. Bajo la gestión de Lances de Futuro el coso se prepara para recibir un triunvirato de orfebres del toreo compuesto por Saúl Jiménez Fortes Juan Ortega y Pablo Aguado.
La inclusión de Fortes no es solo un gesto de justicia con la tierra, es la promesa de la entrega absoluta, porque Saúl personifica la quietud ante el peligro y esa verticalidad que desafía las leyes de la lógica. Para el malagueño este Sábado de Gloria representa la oportunidad de sellar su idilio con una afición que lo ha visto forjarse en el sacrificio esperando de él la profundidad el valor seco y esa capacidad única de convertir la lidia en un acto de fe.
Junto a él aparecen dos nombres que son sinónimo de toreo caro. Juan Ortega el arquitecto de la pausa llega a Málaga para detener el tiempo con un toreo que es una caricia al aire y una búsqueda constante de la belleza pura donde el capote fluye como un verso de Lorca. Cierra la terna Pablo Aguado el torero de la naturalidad pura en cuya muleta no hay tirones sino acompañamiento, donde no existe la prisa solo el compás y la toreria. Juntos Ortega y Aguado traen ese aroma del Guadalquivir que fundido con el salitre del Mediterráneo promete una tarde de arte inolvidable con el recuerdo a Pablo Picasso como testigo.
Para que el arte fluya hace falta el cauce de la casta y por ello el cartel se completa con las reses de El Pilar y El Puerto de San Lorenzo que son hierros de prestigio encargados de poner la seriedad y el motor necesarios para que los tres espadas puedan desplegar sus respectivas cinematografías. Este festejo no es un evento más en el calendario es la reafirmación de Málaga como epicentro cultural del sur recuperando su sitio en la historia taurina de la ciudad y ofreciendo un cartel que huye de lo mediático para centrarse en lo exquisito.
Cuando suenen los clarines y el sol de la tarde empiece a dibujar sombras alargadas sobre el albero de La Malagueta el mundo taurino mirará hacia Málaga esperando una tarde de trazo fino de silencios respetuosos y de oles que suenen a gloria bendita porque el cartel está servido y ahora solo queda que el arte se encarne en los tres diestros.
Sin embargo, en este tapiz de belleza y orfebrería, la afición malagueña no puede evitar sentir el frío de una ausencia que clama justicia: la de David de Miranda. Resulta difícil de explicar, bajo los códigos del honor que rigen el toreo, que el diestro onubense no figure en los carteles tras la antológica Puerta Grande que conquistó en esta misma plaza la pasada temporada. Miranda no solo cortó las orejas; entregó su verdad en un despliegue de valor y pureza que conmovió los cimientos de La Malagueta. Su exclusión es el recordatorio de que, a veces, los despachos olvidan lo que el albero dicta con sangre y triunfo, dejando un sabor agridulce en una tarde que, de haber contado con el de Trigueros, habría sido de una redondez absoluta.

