El coso del Baratillo ha presenciado una intensa novillada picada con el sello de la emoción, el peligro y la exigencia. La plaza ha registrado una notable entrada en una tarde donde la juventud ha demostrado que el futuro de la fiesta ruge con fuerza. Una tarde que deja un nombre propio, Mariscal Ruiz.
Abrió la tarde un utrero de Murteira Grave noble de condición pero alarmantemente medido de fuerzas. Uceda Vargas lo recibió con un ramillete de verónicas de excelente factura, ganando terreno hacia los medios y templando la templada pero mortecina embestida inicial.
En el tercio de varas cumplió con creces Luis Pérez; tras un primer encuentro donde el de Murteira salió distraído buscando la querencia, el picador aguantó la larga distancia en el segundo puyazo, provocando que el novillo se arrancara con alegría desde lejos para levantar la primera gran ovación de los tendidos.
En el quite reglamentario, Gonzalo Capdevila quiso replicar por chicuelinas, pero el intento resultó baldío ante la evidente falta de ímpetu del animal en ese ecuador de la lidia. Posteriormente, en banderillas, saludó los aplausos la cuadrilla de Vargas tras un soberbio primer par de Jesús Márquez, aunque el tercio quedó emborronado al final por una deficiente colocación en el último par.
Tras brindar de paisano a sus paisanos, Uceda Vargas ejecutó un inicio de faena clásico y torero, sacándose al novillo a los medios con torería. El de Murteira Grave rompió a bueno, sacando la bravura y la clase que llevaba dentro, especialmente por el pitón derecho. Sin embargo, el runrún de la plaza llegó al natural. Fue por el pitón izquierdo donde el diestro firmó los pasajes más profundos y logrados, dándole al novillo la distancia y los frentes que requería. La faena, que fue de más a menos conforme se apagaba el motor del animal, no llegó a alcanzar la rotundidad necesaria para que rompiera a tocar la Banda del Maestro Tejera, pero sí caló hondo en una afición que jaleó con fuerza las series. Con gran oficio, Vargas se perfiló con rectitud para recetar una estocada media, en todo lo alto, que fue suficiente para despachar al astado. Silencio.

El segundo de la tarde, de nombre Sargento, trajo consigo la emoción de la casta y la bravura al coso del Baratillo. Frente a él, el gaditano Gonzalo Capdevila firmó una actuación de máxima entrega, rozando el triunfo grande tras sobreponerse a un serio percance.
Apostó fuerte el joven espada desde el primer instante, yéndose a recibir al astado a portagayola. El escalofrío inicial dio paso a un ramillete de chicuelinas de asombrosa madurez y empaque, una declaración de intenciones que puso a los tendidos en pie. Tras fijar al de Murteira con una garbosa larga cordobesa, el novillo acudió con fijeza y poder al caballo. Santiago Pérez cuajó un tercio de varas milimétrico; en un calco de bravura —como si del día de la marmota se tratase—, el piquero midió el castigo en dos puyazos exquisitos en los que el animal se empleó con riñones. Pasó desapercibido el tercio de banderillas por parte de la cuadrilla, salvándose de la quema únicamente el pundonor de José Germán Martín en el último par.
Nuevamente con el público a su favor, Capdevila brindó la muerte de Sargento al respetable sevillano antes de hincarse de rodillas entre las dos rayas. Desde el suelo, con una naturaleza y quietud asombrosas, hilvanó los primeros muletazos para rematar la serie con un pase de pecho antológico. El novillo rompió con categoría, entregándose por el pitón derecho, el lado por el que el gaditano cimentó la importancia de su trascendental cita. La faena cobró tal calado que, a la tercera serie, la Banda del Maestro Tejera rompió a tocar los sones del pasodoble Ayamonte. Supo Capdevila leer a la perfección las distancias y los tiempos, consintiéndolo en la corta distancia cuando el de Murteira empezó a pedir los papeles. Sin embargo, en las postrimerías de la faena, tras una última tanda de enorme mérito, el astado sorprendió al torero, propinándole una fea y aparatosa voltereta. Afortunadamente, el gaditano se repuso sin mirarse la ropa. Marró en la suerte suprema al dejar una estocada baja y tendida, doblando el novillo en los medios. El defecto con el acero enfrió la concesión del trofeo, que fue denegado por la presidencia a pesar de la unánime petición. Vuelta al ruedo tras clamorosa petición.
El ecuador del festejo trajo el debut en la tarde de Mariscal Ruiz frente a Évora, un astado negro mulato bragado, de 494 kilos, que lamentablemente no ofreció opciones de lucimiento debido a su alarmante falta de fuerzas y a su nula condición para la lidia.
El susto volvió a sobrecoger los corazones maestrantes apenas arrancaba el festejo. Tras un templado y prometedor recibo capotero por verónicas al abrigo de las tablas, Mariscal Ruiz sufrió un inoportuno tropiezo, quedando a merced del de Murteira Grave en el albero; afortunadamente, el animal desentendió la dantesca situación y no hizo por el torero. En el tercio de varas, el novillo evidenció su falta de casta: no se empleó en ninguno de los dos encuentros, llegando a desequilibrar y dar la vuelta al caballo de Miguel López por pura inercia, para terminar rodando por el suelo tras salir del segundo puyazo, confirmando los peores presagios sobre su preocupante invalidez. Fiel a su dinamismo, el de Mairena del Aljarafe asumió el protagonismo en banderillas. Brindó los palos al respetable y protagonizó un vibrante tercio compuesto por tres grandes pares, destacando especialmente el segundo de ellos ejecutado con enorme pureza en la boca de riego.
A la hora de la muleta, el novillero protagonizó la anécdota de la jornada cuando, contagiado por la emoción, brindó la muerte del novillo al público sevillano olvidando pedir el preceptivo permiso a la presidencia, un descuido que evocó lo vivido apenas veinticuatro horas antes con Morante de la Puebla en el albero de Jerez. Ya en el desierto de la faena, Mariscal Ruiz planteó un inicio clásico, basando su estrategia en la distancia y la máxima templanza para cuidar la endeble estabilidad de Évora. Sin embargo, el astado se negó por completo a pelear. Hubo un leve espejismo de transmisión por el pitón derecho, sumando también media docena de naturales de muy bella factura en los que puso todo lo que le faltaba al oponente. Pero el trasteo se diluyó irremediablemente. El calvario definitivo llegó en la suerte suprema. El de Murteira, completamente parado y sin humillar, complicó sobremanera la labor. Mariscal pinchó en el primer intento y la fortuna le dio la espalda en las siguientes entradas. Finalmente, tras un esforzado quinto intento, logró recetar una estocada tendida. Silencio

Saltó al ruedo el cuarto de la tarde, segundo del lote de Uceda Vargas, un astado de Murteira Grave de bonitas hechuras, serio y a la altura de lo que exige Sevilla, que superó en casta y fuerza a sus hermanos anteriores.
El sevillano encendió la mecha de la emoción desde el inicio: se plantó de rodillas al abrigo de las tablas para cuajar un recibo capotero de enorme tensión y torería, templando con las manos bajas la boyante y medida embestida de salida del utrero. En el tercio de varas se midió con inteligencia el castigo; Javier Román firmó dos puyazos cortos pero en el sitio, cuidando la duración y el poder del animal. La lidia ganó enteros en banderillas gracias a una soberbia actuación de Jaime Bermejo. El subalterno se asomó al balcón con torería en el primer y en el tercer par, cuadrando en la cara del novillo con enorme pureza. Tras el clamor popular del tendido, Bermejo se vio obligado a desmonterarse para saludar una calurosa ovación.

Por segunda vez en su tarde, Uceda Vargas volvió a brindar la muerte del toro al respetable maestrante. Aunque la primera tanda de muleta pecó de cierto acoplamiento, la faena rompió a más cuando el diestro tomó la mano derecha, firmando series de trazo hondo que arrancaron los primeros olés rotundos de la tarde. Sin embargo, el cenit del trasteo llegó al natural. El de Murteira Grave sacó a relucir la clase de su pitón izquierdo en las postrimerías de la faena y Vargas lo entendió a la perfección, hilvanando una tanda de naturales magnífica, profunda y cosida. El calado de la obra fue tal que el palco ordenó romper a la banda con el pasodoble Gallito, un momento cargado de simbolismo y misticismo, pues apenas veinticuatro horas antes se conmemoraba el 106º aniversario de la trágica muerte de Joselito El Gallo. El astado llegó entero al final, complicando la papeleta en los pases por alto de adorno con los que el novillero cerró el trasteo. Vargas se tiró a matar con rectitud, recetando una gran estocada tendida de efecto fulminante. Ovación
De valentía y casta iba la tarde, y bajo esa premisa volvió Gonzalo Capdevila a apostar el todo por el todo. Recibió a su segundo oponente de rodillas al abrigo de las tablas, en un arranque de tremenda exposición; sin embargo, el de Murteira Grave salió abanto y despistado, desentendiéndose por completo del embroque y dejando al gaditano inédito en el saludo capotero.
Esa alarmante mansedumbre se acrecentó en el tercio de varas. El astado buscó descaradamente la querencia en cuanto pisó la jurisdicción del caballo. Tardó en producirse el primer encuentro y el castigo resultó excesivo en duración, lo que provocó los primeros pitos de protesta en los tendidos. En el segundo puyazo se calcó el libreto de la mansedumbre: el animal huyó de los frentes, obligando al picador Mario Benítez a rebasar las dos rayas por segunda ocasión para poder asegurar el encuentro. Tras el castigo, el utrero acusó el esfuerzo y perdió la poca fuerza con la que se había presentado. El tercio de banderillas mantuvo la tónica de complicación. Resultó una labor ardua dejar los palos ante un ejemplar que comenzó a desarrollar sentido, tornándose sumamente peligroso para los subalternos.

Ante el panorama, Gonzalo Capdevila planteó un recibo de muleta clásico y torero, flexionando las rodillas con poderío para machetear al astado. Comprendió el gaditano, con notable clarividencia, que las escasas opciones de su oponente pasaban por la paciencia, instrumentando los pases de uno en uno. Solo así logró arrancar los únicos y meritorios aplausos de un trasteo condenado de antemano. Para colmo de males, en el epílogo de la faena sobrevino el susto: por segunda vez en la tarde, el novillero quedó a merced del pitón, rozando una cornada seria. Se perfiló para matar en la suerte contraria, dejando un pinchazo previo a una gran estocada en el segundo intento mientras sonaba el primer aviso presidencial, obligando al espada a hacer uso del descabello. Y es que, en contra de lo que reza el refrán, este quinto sí fue el malo. Aplausos tras aviso.
Cerró la tarde un imponente y voluminoso astado de Murteira Grave que no puso las cosas fáciles de salida. Le costó a Mariscal Ruiz fijar al cierraplaza en el capote, pues el animal protestaba con fijeza deslucida en cada embroque. Sin embargo, el de Mairena del Aljarafe tiró de maestría para conducir al utrero hacia el caballo, firmando un garboso quite por chicuelinas rematado con una estética larga cordobesa. En el tercio de varas, Juan Antonio Carbonell ejecutó un soberbio primer puyazo, ante un astado que apenas se empleó en el segundo encuentro. El idilio de Mariscal con las banderillas volvió a encender los ánimos; la Banda del Maestro Tejera rompió a tocar en su honor mientras el espada imponía su imponente planta. El clamor llegó en el último par: Mariscal se encajó en las tablas, cuajando un soberbio quiebro en la cara del animal y ante el palco presidencial.
No lo tuvo fácil en la muleta, teniendo que combatir no solo con las exigencias del de Murteira, sino con el fuerte viento que a esas horas asolaba el albero. Rompió el trasteo con un torero molinete, hilvanando una estimable tanda inicial. Buscó la transmisión por el pitón derecho en dos series consecutivas, aunque la obra tardó en calentar el tendido. La tecla del triunfo la encontró al natural: dándole la distancia justa, Mariscal cuajó una soberbia serie de naturales zurdos, cosidos y profundos, que hizo sonar el pasodoble Recordando a Tejera.

En el cenit de la obra, sobrevino el drama: el astado venció el viaje y propinó una fea y aparatosa cogida al torero. Se hizo el silencio sepulcral. Afortunadamente, sin daño aparente y con el vestido de luces deshecho, Mariscal Ruiz volvió a la cara del toro sin mirarse, mostrando una raza descomunal para instrumentar una última serie de derechazos antes de perfilarse con el acero. Se tiró a matar o a morir, recetando la estocada de la tarde: un reventón en todo lo alto que fulminó al toro sin puntilla. La petición fue unánime y atronadora, obligando al palco a conceder el trofeo. Oreja
FICHA DEL FESTEJO:
Real Maestranza de Caballería (Sevilla)
Novillada con picadores – 17ª de abono
Entrada: media
Novillos de Murteira Grave
Uceda Vargas: Silencio/Ovación
Gonzalo Capdevila: Ovación y Vuelta al Ruedo/Aplausos
Mariscal Ruiz: Silencio/Oreja