Hay toreros que conquistan Pamplona. Hay toreros que la enamoran. Y luego está Curro Romero.
La historia de Curro en los Sanfermines no se mide en puertas grandes ni en trofeos. Se mide en silencios, broncas, desencuentros y, sobre todo, en personalidad. Porque pocos diestros encarnaron mejor que el Faraón de Camas esa extraña capacidad de provocar amor incondicional y rechazo absoluto al mismo tiempo.
Curro toreó únicamente seis tardes en Pamplona. Debutó el 9 de julio de 1960, compartiendo cartel con Mondeño y Paco Camino, con toros de Álvaro Domecq. Volvió dos tardes aquel año, otras dos en 1965 y las dos últimas en 1967. Entre medias estuvo anunciado en 1961 y 1962, pero distintos percances le impidieron comparecer. Su historia sanferminera terminó el 16 de julio de 1967. Nunca más volvió.
Y no volvió porque no quiso.

La capital navarra nunca acabó de entender a Curro. O quizá sí lo entendió demasiado bien. Frente al torero poderoso, dominador y efectista que tradicionalmente conectaba con el público sanferminero, Curro representaba otra cosa: la incertidumbre. Era capaz de torear como los ángeles una tarde y desesperar a la plaza al día siguiente. Su carrera entera estuvo construida sobre esa contradicción permanente entre la genialidad y el fracaso.
En Pamplona las broncas fueron frecuentes. Los viejos aficionados todavía recuerdan aquellos desencuentros con las peñas y con los tendidos. No alcanzaron la dimensión legendaria de la que sufrió El Cordobés en 1965, pero dejaron huella. De hecho, el crítico Manolo Sagüés recordaba años después que «Curro Romero tuvo sus más y sus menos» con la plaza pamplonesa.

Pero quizá la mejor historia de Curro en Pamplona no ocurrió delante de los toros sino en una habitación de hotel.
Cansado de las prácticas habituales de la época, reunió a varios de los críticos taurinos más influyentes del momento. Les comunicó que dejaba de repartir sobres y que, a partir de entonces, escribieran lo que considerasen oportuno. Según contaba él mismo, les explicó que lo poco que le quedaba después de jugarse la vida prefería dedicarlo a su familia.
Aquella escena tiene algo profundamente currista: una mezcla de ingenuidad, valentía y humor.
Más todavía cuando, después de una mala tarde, leyó en los telegramas de prensa el resumen de su actuación: «bronca y gran bronca».
Entonces comentó con ironía:
—Si trincaba el tío, por lo menos podía haber quitado lo de gran.
La frase retrata a Curro mejor que cualquier tratado taurino. Nunca se tomó demasiado en serio a sí mismo. Sabía que las broncas formaban parte de su destino igual que los triunfos. Las aceptaba, las sufría y, a veces, incluso se reía de ellas.
Hay un detalle revelador en aquella reunión. Faltaba uno de los grandes críticos del momento: Antonio Díaz-Cañabate.
Cuando le preguntaron por qué no le había convocado, Curro respondió:
—Porque Cañabate no era de esos.
Y añadió algo todavía más significativo:
—Tenía mucha clase. Su manera de darte fuerte cuando habías estado mal era despacharte en un renglón.
Probablemente no existe elogio mayor para un crítico. Ni para un torero.
Porque Curro distinguía perfectamente entre la crítica honesta y la interesada. Aceptaba la primera incluso cuando era dura. Y sabía que un solo renglón de Cañabate podía resultar más devastador que una página entera de reproches.
Su última tarde en Pamplona llegó el 16 de julio de 1967. Alternó con José Fuentes y Paco Ceballos ante toros de Osborne. Escuchó dos sonoras broncas y, al terminar, prometió que no volvería.
Y cumplió.
Cada cosa tiene su lugar, y Pamplona no era el sitio de Curro. Una vez y no más. Cosas del Faraón. https://t.co/ILY8XL95UA pic.twitter.com/jibBXxUQcu
— Pedro (@Un_taurino_mas) July 6, 2024
Sesenta años después, cuando se habla de él en Pamplona, nadie pregunta cuántas orejas cortó.
Lo que se cuentan son las anécdotas.
Y eso, seguramente, es la forma más duradera de la gloria.
