Utrera es tierra de toros. Lo ha sido durante generaciones y lo sigue siendo hoy, aunque a veces haga falta que una tarde de toros vuelva a recordarlo. Aquí el toro bravo forma parte de la historia, de las conversaciones y de una manera de entender la fiesta que va mucho más allá de lo que sucede cuando se abre la puerta de chiqueros.
Y en La Mulata, con el calor todavía apretando sobre los tendidos, se volvió a hablar de toros. De los que embisten y de los que no, de los que permiten torear y de los que obligan a tirar de oficio. Una tarde de contrastes en la que Sebastián Castella salió a mandar, David de Miranda encontró al toro de los que permiten el toreo templado y Curro Durán se dejó todo delante de los suyos.
El calor apretaba sobre el Coso de La Mulata cuando salió Vicente, número 6, para abrir la tarde. Castella pudo estirarse a la verónica ante un animal que, sin terminar de romper en el capote, mostró cierta transmisión. El tercio de varas pasó casi de puntillas, con un puyazo leve de Manuel José Bernal.
En las primeras series el de Virgen María tuvo recorrido y, durante dos o tres tandas, sostuvo la faena. Después llegó la defensa, la protesta y una embestida mucho menos agradecida. Allí apareció el Castella veterano, el torero que conoce el oficio y sabe leer los tiempos de una faena cuando el toro empieza a restar en lugar de sumar. Sin necesidad de alargar, construyó una labor solvente, basada más en el conocimiento que en la brillantez. La espada, trasera y caída, no acompañó precisamente al conjunto. Tampoco el palco estuvo especialmente exigente con el premio. El público pidió con fuerza las dos orejas y ambas terminaron en manos del francés.
David de Miranda salió ante Imaginario con la serenidad y el poso que lleva demostrando durante toda la temporada. Las verónicas fueron templadas, llevadas con suavidad, y ya desde el capote se intuía que el triguereño había salido a torear y no simplemente a cumplir.
El comportamiento del toro durante la lidia no hacía presagiar lo que sucedería después. Sin embargo, cuando quedó frente a la muleta de David de Miranda, el animal se transformó. Se enceló en los engaños y comenzó a embestir con una templanza extraordinaria.
El inicio de faena tuvo la misma música. El toro iba por los dos pitones con una embestida dormida, profunda, de las que obligan al torero a no correr y a dejar que el tiempo forme parte del muletazo.
Especialmente por el pitón izquierdo aparecieron los mejores momentos. Muletazos largos, rematados detrás de la cadera, con el toro cosido a la cintura. Sin aspavientos innecesarios, sin necesidad de buscar el aplauso fácil. Toreo. Del que se ve y del que queda. Alguien llegó incluso a pedir el indulto, una petición absolutamente desproporcionada para lo que había sucedido en el ruedo. El público, por fortuna, no entró en esa dinámica. La espada fue el único borrón importante de una faena de mucho mayor calado que el premio finalmente concedido. Tras un pinchazo, David se volcó con el acero y dejó una estocada hasta la bola que hizo rodar al toro fulminado. Las dos orejas fueron pedidas con fuerza y el presidente las concedió.
La corrida bajó varios enteros con Fanático, número 35, que correspondió a Curro Durán. El utrerano quiso desde el primer momento, pero esta vez el toro no quiso acompañar. Fue probablemente el ejemplar de menor calidad de la primera mitad de la corrida y tampoco permitió al torero local lucirse con el capote.
Con la muleta, Curro Durán insistió ante un animal que se quedaba corto, se paraba y cabeceaba al tomar el engaño. La voluntad del torero fue superior a las posibilidades del toro. No hubo demasiada conexión con los tendidos, aunque sí una virtud importante: no quiso alargar artificialmente una faena que no tenía demasiado más que ofrecer. La espada se atascó en los primeros intentos hasta que llegó una estocada eficaz. Utrera arropó a su torero y terminó empujando el premio.
Con dos orejas ya en el esportón y la puerta grande asegurada, Castella regresó al ruedo para enfrentarse al cuarto. Y lejos de bajar el pistón, salió a cerrar su tarde con la misma ambición con la que la había comenzado. Un buen recibo capotero encendió de nuevo los tendidos. Agustín Romero dejó un puyazo medido para dar paso a la faena de muleta, precedido por el brindis al público.
Entonces apareció el Castella más reconocible. El francés exigió al toro desde el comienzo, le pidió lo que tenía y, sobre todo, supo encontrar las teclas necesarias para mantenerlo dentro de la faena. No fue un toro que regalara las cosas, pero el torero consiguió gobernar sus embestidas y convertir una materia prima de posibilidades limitadas en una faena de mayor vuelo. Hubo mando, oficio y esa capacidad que Castella ha ido acumulando durante tantos años para resolver corridas desde el conocimiento del toro. La estocada recibiendo puso el broche a su comparecencia. Las dos orejas volvieron a sus manos y el francés aseguró una salida a hombros que, por resultado, terminó siendo la gran fotografía de la tarde.
A David de Miranda le tocó un tercero que no le permitió continuar la historia del segundo. Manifiesto no tuvo en el capote la misma clase y tampoco ofreció después demasiadas opciones.
El toro buscaba constantemente una salida, soltaba la cara y terminaba saliendo de los engaños desentendido, con las tablas como destino. David intentó construir donde apenas había material, pero entendió pronto que no tenía sentido prolongar una faena sin argumentos. Cogió la espada y resolvió con eficacia. No hubo premio, pero sí la dignidad de quien sabe reconocer cuándo el toro ha dicho que no.
Curro Durán salió de nuevo dispuesto a no marcharse sin dejar una imagen propia en su plaza. Recibió al cierraplaza a la verónica y estuvo cerca de ser prendido. No se arredró. Después del puyazo volvió a coger el capote para ejecutar un quite por verónicas que cerró con una buena media.
Con la muleta mantuvo la misma actitud. El toro no tenía transmisión y exigía llegarle mucho, provocarle la embestida, tirar de él casi desde el primer instante. Curro no escatimó esfuerzos. La faena tuvo más de entrega que de brillantez, pero también tuvo el mérito de no esconderse ante un animal que no ponía las cosas fáciles. Las manoletinas finales, ajustadas, calentaron definitivamente los tendidos. Una buena estocada puso el punto final y Utrera quiso premiar la entrega de su torero con otras dos orejas.
La puerta grande se abrió para la terna al completo en una tarde en la que el marcador terminó siendo algo más generoso. Los tres toreros salieron con argumentos distintos, Castella puso sobre la mesa el oficio de quien lleva décadas entendiendo el toro; David de Miranda firmó la faena de mayor profundidad y mejor toreo de la tarde; y Curro Durán encontró en su plaza el respaldo y la determinación necesarios para convertir una tarde complicada en una tarde triunfal.
FICHA DEL FESTEJO
Corrida de toros con motivo de la Feria y Fiestas de la Virgen de Consolación – Coso de La Mulata Utrera (Sevilla)
Toros de Virgen María generalmente bien presentados y de comportamiento desigual, destacando el segundo de la tarde
Sebastián Castella: Dos orejas, Dos orejas
David de Miranda: Dos orejas, Ovación
Curro Durán: Oreja, Dos orejas
Entrada: Media plaza
