Hablar del rejoneo contemporáneo es hablar inevitablemente de Diego Ventura. No solo por sus triunfos, por su extraordinaria trayectoria o por los innumerables hitos que ha acumulado a lo largo de los años. Su importancia va mucho más allá de las estadísticas. Ventura se ha convertido en el auténtico motor del rejoneo, la figura capaz de sostener el interés de la especialidad, atraer público a las plazas y elevar cada comparecencia a la categoría de acontecimiento.
Lo volvió a demostrar ayer en Las Ventas. En una feria de San Isidro que está registrando cifras históricas de asistencia, la presencia de Ventura fue sinónimo de expectación máxima. La plaza madrileña registró un lleno absoluto para una corrida de rejones que tenía en el sevillano a su principal reclamo. Y él respondió como hacen las figuras de época: abriendo por vigésima vez la Puerta Grande de Madrid.
Veinte Puertas Grandes en Las Ventas no son una casualidad ni una simple acumulación de éxitos. Son la consecuencia de una carrera construida desde la excelencia, la exigencia y una permanente búsqueda de la perfección. Porque detrás de cada triunfo de Diego Ventura existe un trabajo silencioso que pocas veces se ve. Horas y horas de preparación, entrenamiento y dedicación en el campo. Una labor constante que se refleja especialmente en la doma de sus caballos, auténticos atletas y artistas que responden en la plaza con una precisión casi imposible.
El público contempla la emoción de un quiebro, la espectacularidad de una reunión o la belleza de un galope a dos pistas, pero detrás de cada movimiento existe un trabajo paciente y minucioso desarrollado durante años. Ahí reside también buena parte de la grandeza de Diego Ventura: en haber llevado la doma y la preparación de sus caballos a un nivel de excelencia que ha marcado una época y ha servido de referencia para varias generaciones de rejoneadores.
Su mérito radica en haber conseguido algo al alcance de muy pocos: convertir una disciplina que durante décadas fue considerada complementaria dentro de las ferias en una cita imprescindible. Ventura ha revolucionado el concepto del toreo a caballo, ha ampliado sus registros artísticos y ha llevado la espectacularidad y la emoción a cotas que parecían inimaginables.
Por eso cada tarde en la que aparece anunciado genera un interés especial. El aficionado quiere verlo y el público ocasional también. Esa capacidad de convocatoria es uno de los activos más valiosos que puede tener un torero y Ventura la posee desde hace años. No es exagerado afirmar que buena parte del vigor que hoy mantiene el rejoneo se explica a través de su figura.
De hecho, basta observar lo sucedido esta temporada. La Feria de Abril de Sevilla alcanzó la extraordinaria cifra de nueve carteles de «No hay billetes», un dato que habla de la fortaleza del ciclo y del buen momento que atraviesa la tauromaquia. Pero también resulta inevitable pensar que la presencia de Diego Ventura habría supuesto un atractivo añadido para una feria ya de por sí histórica. Porque pocas figuras tienen hoy una capacidad de convocatoria comparable a la suya y porque su nombre sigue despertando ilusión entre los aficionados cada vez que aparece en un cartel.
Su influencia tampoco se limita a las taquillas. Varias generaciones de rejoneadores han crecido tomando como referencia sus innovaciones, su forma de interpretar la lidia y su concepto del espectáculo. Ventura ha cambiado la manera de entender el rejoneo, obligando a evolucionar a quienes han compartido cartel con él y elevando el nivel de exigencia de toda la especialidad.
Pero Diego Ventura no es únicamente figura dentro de la plaza. También ha demostrado ser torero fuera de ella. En una época en la que abundan los discursos calculados y las declaraciones medidas al milímetro, el rejoneador sevillano ha expresado en numerosas ocasiones opiniones que muchos prefieren callar. Reflexiones sobre el presente y el futuro de la Fiesta, sobre la gestión de determinadas situaciones o sobre cuestiones que afectan directamente al mundo taurino. Palabras que en ocasiones han generado debate, pero que no son más que la expresión sincera de realidades que una gran parte de los aficionados también percibe y comparte.
Lo ocurrido ayer en Las Ventas fue mucho más que una nueva Puerta Grande. Fue la confirmación de que Diego Ventura sigue siendo el gran referente del toreo a caballo. Y hubo momentos durante sus dos faenas en los que la emoción parecía trascender lo puramente taurino. Uno podía imaginar que desde algún lugar privilegiado del cielo observaban la escena Ángel Peralta y Álvaro Domecq, dos nombres imprescindibles para entender la historia del rejoneo. Dos maestros que dedicaron su vida a engrandecer este arte y que, seguramente, se habrían emocionado contemplando la dimensión alcanzada por quien hoy recoge ese legado y lo proyecta hacia el futuro.
Porque hubo algo especial en la tarde de ayer. Como si el cielo hubiera querido bajar a Madrid para abrazar a Diego Ventura en el instante de cruzar por vigésima vez el umbral más soñado por cualquier torero, la puerta grande de la primera plaza del mundo, de Las Ventas. Una puerta que ya forma parte de su historia y que ayer volvió a abrirse para recordar que, más allá de los números y de los récords, el rejoneo tiene en Diego Ventura a su gran referente. A la figura que lo impulsa, lo defiende y lo engrandece cada vez que pisa un ruedo.
