
La corrida de La Quinta en Sevilla fue un desfile de impecables hechuras, un catálogo del encaste Santa Coloma en su versión más seria. Sin embargo, el comportamiento en la muleta fue un jeroglífico: desde la falta de raza hasta el genio defensivo. En ese escenario, la veteranía de El Cid y la verdad de Fortes fueron los pilares que evitaron que la tarde cayera en el olvido.
El abreplaza, un cárdeno claro de 553 kilos, fue ovacionado de salida por su estampa. El Cid lo recibió con un toreo a la verónica de manos bajas, dándole los pechos y dejando respirar al animal entre lance y lance. Aunque el toro empujó con el pitón izquierdo en el caballo, se empleó poco.En la muleta, Ibicenco tuvo ritmo y un buen embroque inicial, pero se le acabó el gas pronto. La falta de celo deslució los finales de los muletazos. El de Salteras, con un oficio impecable y la figura vertical, intentó compensar la sosedad del astado con pulso y tiempos muertos, pero la faena no llegó a romper por la condición mortecina del animal. Tras un pinchazo y una estocada trasera, el silencio se apoderó de la Maestranza.
El segundo fue, quizás, el toro más armónico de la tarde. Bajo, con cuello y estrecho de sienes. Sin embargo, su comportamiento fue el polo opuesto a su belleza. Aunque cumplió en el caballo y permitió un quite por delantales de Garrido, llegó a la muleta de Fortes totalmente deslucido. Aplomado y bajo de raza, el toro comenzó a «medir» al torero, convirtiéndose en un oponente casi imposible para el lucimiento artístico. Fortes, que venía a Sevilla a entregarse, tuvo que realizar una faena de pura exposición y valor seco, pisando terrenos comprometidos ante un animal que no pasaba. Mató de estocada tendida y escuchó silencio tras su esfuerzo.
Con el tercero salió el brío. Palomito fue un toro serio, con cuajo y de hechuras cilíndricas. José Garrido cuajó el mejor recibo capotero de la tarde: verónicas ganando terreno, con el compás abierto y mucha verdad. En varas, el toro mostró su cara más fiera, buscando el pecho y saliéndose rápido del peto.En la muleta, el de La Quinta tuvo transmisión pero careció de clase, soltando derrotas al final del viaje. Garrido estuvo soberbio, centrando la embestida y ordenando el caos a base de firmeza. Logró momentos de mucha reunión por el pitón derecho cuando le bajó la mano con poso. Fue una faena de diferentes registros que mereció más premio, pero el mal uso de la espada (cuatro intentos) redujo el balance a una ovación.
El cuarto fue el toro de la corrida por clase y humillación. Un cárdeno oscuro armónico que se empleó de verdad en el caballo de un Espartaco que estuvo cumbre. El Cid entendió perfectamente la «categoría» de Galguero.En los medios, el sevillano dibujó series de mucho pulso, volcando la cara sobre el pitón de dentro. Sonó la música y la Maestranza recordó al Cid de las grandes tardes. El toro pedía inercia, y mientras el torero se la dio, hubo muletazos mirando a los tendidos de una belleza antigua. Al natural, el viento y la pérdida de celo del toro complicaron el cierre, pero tras una gran estocada, se vivió una petición mayoritaria que el palco, inexplicablemente, no atendió.
El quinto, un cárdeno claro largo y con cuello, manseó de salida y en el caballo, pero guardaba un buen embroque en sus embestidas. Fortes comenzó la faena de rodillas, una declaración de intenciones que conectó rápido con el público. Lo mejor llegó al natural. Fortes se asentó, se olvidó del cuerpo y dibujó muletazos de línea curva y una lentitud asombrosa. Fue un trasteo de sincero concepto, dándole el pecho al toro y toreando con el alma. La faena fue a más, convirtiéndose en el momento de mayor calado emocional de la tarde. La media estocada en buen sitio no fue suficiente para los trofeos, pero la fuerza de su toreo le valió una clamorosa vuelta al ruedo.
Cerró la tarde un toro serio y acodado de pitones que sacó el genio más que la casta. Fue un animal exigente que nunca se entregó, embistiendo siempre en línea recta y buscando el cuerpo del torero si este intentaba ligar. José Garrido estuvo hecho un tío. Expuso una enormidad, teniendo que robar los pases de uno en uno, ganando el pitón contrario para provocar una embestida que el toro no quería regalar. Fue una faena de «morderse el labio» y de mucho mérito técnico. Tras una estocada algo baja y un aviso, terminó una tarde donde los hombres estuvieron muy por encima de los nombres de los toros.
La tarde en la Maestranza fue un ejercicio de profesionalidad y pundonor. Mientras la corrida de La Quinta lucía una presencia impecable que no siempre se tradujo en clase, la terna tuvo que tirar de recursos para mantener el interés. Queda el poso de la elegancia de El Cid, el valor puro de Fortes y la firmeza técnica de Garrido ante un encierro que, por su irregularidad, les obligó a sudar cada muletazo. Sevilla premió la verdad de los hombres por encima del juego de los astados.
FICHA DEL FESTEJO:
-Real Maestranza de Caballería (Sevilla)
-15º de abono- 25 de abril
Entrada: tres cuartos
El Cid: Silencio y Ovación tras fuerte petición.
Fortes: Silencio y Vuelta al ruedo.
José Garrido: Ovación y Silencio tras aviso.
