Analizamos con Javier Alonso Barba, director de la banda de música Maestro Dueñas de la Plaza Real de El Puerto de Santa María, los entresijos de una temporada taurina para el recuerdo. Desde la exigente preparación y la psicología detrás de la elección de cada pasodoble, hasta la intrahistoria de la histórica interpretación del ‘Concierto de Aranjuez’ para Borja Jiménez, desgranamos el papel fundamental que juega la música para elevar la tauromaquia a su máxima expresión artística.
Dicen los cánones de la tauromaquia que quien no ha visto toros en El Puerto de Santa María, no sabe verdaderamente lo que es una tarde de toros. La Plaza Real no solo se define por su majestuosa arquitectura o por la brisa atlántica que refresca sus tendidos, sino por un elemento intangible que eleva cualquier faena a la categoría de arte: su música. Esta temporada, ese aura mágica ha alcanzado cotas históricas gracias a un acontecimiento que ha trascendido los muros del coso centenario: la faena de Borja Jiménez bajo los melancólicos acordes del Concierto de Aranjuez.
Aquella noche, la muleta del diestro de Espartinas y la batuta de Javier Alonso Barba, director de la emblemática banda de música Maestro Dueñas, se fundieron en una obra cumbre. La magnitud de lo vivido en el albero sobrepasó lo puramente taurino y su repercusión ha sido absoluta. Las imágenes de Borja Jiménez roto en lágrimas en el callejón, sobrecogido por la emoción de un público de 13.000 almas entregado en cuerpo y alma a unos acordes que desgarraban el silencio, han dado la vuelta al mundo.
El vídeo se ha viralizado, convirtiendo esa sinergia perfecta entre hombre, animal y pentagrama en uno de los momentos más importantes, bellos y comentados de todo el año taurino. Fue un hito que demostró el poder trascendental de la música; la prueba irrefutable de que una melodía exacta en el milisegundo preciso puede llegar a paralizar el tiempo.

En el epicentro de esta revolución sonora, marcando el compás de los silencios y los olés, se encuentra Javier Alonso Barba. Lejos de ser un mero acompañamiento de fondo, la Maestro Dueñas respira, siente y fluye al unísono con lo que ocurre en el ruedo. Tras una feria de verano de máxima exigencia, en esta entrevista nos sentamos a desgranar la psicología del pasodoble, los secretos de la preparación de su formación y la inmensa humanidad que se esconde detrás de los atriles.
P: Ocho festejos en esta feria de verano, incluyendo cuatro corridas de toros, una novillada con picadores y dos prácticas de luces. ¿Cómo se ha preparado la banda para asumir semejante reto en una de las ferias más importantes del verano?
R: Prácticamente empezamos después de volver de las vacaciones de Semana Santa. Siempre vamos calentando y repasando, porque tenemos un repertorio de en torno a ochenta pasodobles a disposición para la temporada. En todos los ensayos vamos repasando, leyendo e incorporando material nuevo. Este año, además, le dimos una vuelta de tuerca a la comparecencia de Morante; queríamos preparar una música especial para él. Tras muchas vueltas, decidimos hacer una versión del Voilà que se pudiera interpretar en la plaza, llevando la cadencia y el ritmo de Morante para poder cuadrarlo a su forma de entender el toreo.

P: Precisamente la expectación por Morante ha repercutido en la ocupación hostelera de El Puerto y ha generado cuatro carteles de «no hay billetes». Al igual que el torero siente la presión en una plaza de esta categoría, ¿la banda siente la presión de tocar para él?
R: Nosotros le tenemos el mismo respeto a Morante que a cualquier otro matador. Al final estamos delante de 12.000 o 13.000 personas y tratamos a todos por igual. La presión es la de querer hacer las cosas bien, de intentar aportar nuestro granito de arena sin ser protagonistas, pero siendo partícipes del espectáculo. Intentamos que la música sea un factor más dentro del mismo.
P: Cuando ocurren cosas extraordinarias en el ruedo, como pasó con Pablo Aguado, a uno irremediablemente se le va la vista al albero. ¿Cómo hacéis para mantener la concentración en la música y no perderos en lo que hace el torero?
R: La banda ha tenido una evolución en este sentido. Cuando yo entré de director, al principio mandábamos la lista de todo lo que se iba a tocar. Hoy en día, a cada torero le preparo dos o tres pasodobles y, conforme entra el toro en el capote o se comporta en el caballo, decidimos. Vemos el potencial de la faena. Por ejemplo, sé que a Pablo Aguado le gusta mucho y se siente muy cómodo con Dávila Miura. Cuando vimos el «lío»que estaba formando, en tres segundos la banda cambió de partitura y pusimos ese pasodoble. Estamos muy pendientes de lo que ocurre en la faena para decidir qué tipo de música le viene mejor.

P: En el caso de Borja Jiménez, trascendió que el propio matador os pidió interpretar el Concierto de Aranjuez. ¿Es habitual que los toreros os pidan la música si la faena rompe hacia adelante?
R: Desde la época post-Covid, casi todos los toreros se ponen en contacto conmigo para pedirme la música que quieren. El problema es que todos coinciden en tres o cuatro piezas, como el propio Concierto de Aranjuez, La Concha o Dávila Miura, y no podemos tocar siempre lo mismo; hay que dosificar. Borja se puso en contacto con nosotros y le dije que, si se daba la ocasión, no había problema. Salió el toro y, nada más recibirlo, puso la plaza boca abajo.

P: Mencionabas que la banda no busca el protagonismo, pero ese Concierto de Aranjuez con Borja Jiménez se recordará toda la vida. ¿Qué sentisteis cuando terminó la faena y 13.000 personas se pusieron en pie para ovacionar a la banda?
R: Se sintió una emoción tremenda por muchas circunstancias. Yo estaba viendo la faena y aquello era maravilloso: la cadencia del torero, cómo acompañó el toro, la luz de la plaza al caer la noche, la ovación del propio Borja, de la plaza al completo… Mi trompeta, que es alumno mío prácticamente desde que nació y por quien me siento tremendamente orgulloso, estaba llorando. La imagen de Borja llorando en el callejón, que se hizo viral, resume perfectamente lo que ocurrió.
Tardé más de una hora en llegar a mi coche aquel domingo por la cola de gente felicitando a la banda. Y para rematar, mientras cenaba solo para relajarme, me llamó Borja Jiménez. Estando en el hotel, saboreando el triunfo con su familia, se acordó de nosotros para darnos las gracias. Fue un gesto de una grandeza humana extraordinaria.

P: Cerrada ya la feria taurina en El Puerto, ¿qué compromisos le quedan a la banda en lo que resta de año?
R: En cuanto a toros ya hemos acabado. Ahora nos quedan los conciertos de verano, compromisos de procesiones y dos grandes conciertos en Navidad. Ya después de Semana Santa empezaremos a darle vueltas a la temporada taurina del año que viene.
P: Para finalizar, ¿hay alguna otra plaza de toros, de primera categoría o monumental, en la que te haría especial ilusión dirigir a tu banda?
R: Cada plaza tiene una personalidad musical súper diferente. Lo que ocurre en Sevilla es distinto a El Puerto, a La Malagueta o a Madrid. Nosotros nos sentimos tan en casa, tan cómodos y tan valorados en El Puerto, que para mí, aunque la Maestranza o Las Ventas sean monumentales, no la cambio. Es nuestra plaza.
El alma de la fiesta en las manos de la Maestro Dueñas
El eco de los pasodobles se apaga lentamente en la Plaza Real hasta la próxima primavera, pero el poso que deja la labor de Javier Alonso Barba al frente de su agrupación perdura mucho más allá del arrastre del último toro. La banda Maestro Dueñas ha demostrado que la música en la tauromaquia no es un adorno rutinario de fondo, sino un arte vivo, maleable y profundamente empático. Exige la intuición de saber leer la faena en el ruedo antes de que culmine y la maestría técnica para ejecutar la melodía exacta en fracciones de segundo.
Esa conexión íntima entre el tendido, la arena y la andanada musical es la que forja las tardes históricas. Javier Alonso y sus músicos encarnan la pasión de una afición que no solo mira, sino que escucha y siente. Nos enseñan que detrás de cada nota hay horas de ensayo, pero sobre todo, una sensibilidad mágica para descifrar el lenguaje del toreo.
Las lágrimas de su joven trompetista o el abrazo telefónico de un figura en la cima del éxito confirman que, más allá de la partitura, la música taurina es pura emoción compartida. Cuando los singulares clarines del Ayuntamiento vuelvan a anunciar el paseíllo la próxima temporada, el público de El Puerto de Santa María sabrá que su banda sonora aguarda en silencio, en las mejores manos, el momento exacto para convertir una gran tarde en una obra de arte eterna.
