El encierro de Pamplona es pura belleza plástica, una coreografía perfecta entre la fuerza bruta de un animal imponente y la asombrosa destreza de los corredores. Sin embargo, tras la épica de la carrera se esconde una realidad descarnada: el peligro real de jugarse la vida sobre un suelo de piedra resbaladizo. Quedan exactamente siete días para que el cohete rompa el cielo y se desate la pasión de los Sanfermines. Pero antes de que el blanco y el rojo vuelvan a inundar el Casco Viejo, la historia nos obliga a ponernos serios y recordar a aquellos que dejaron su último suspiro en el recorrido, porque la gloria del adoquín también está escrita con páginas de profunda tragedia.
A lo largo de la historia documentada de los encierros modernos, un total de dieciséis corredores han perdido la vida en las calles de Pamplona. Cada uno de sus nombres permanece grabado en el recuerdo de los buenos aficionados, sirviendo como un constante recordatorio de que la Feria del Toro exige el máximo respeto y preparación.
Los primeros zarpazos de la tragedia en el siglo veinte
La primera muerte de la que se tiene constancia oficial ocurrió en los años veinte, marcando un antes y un después en la percepción del riesgo callejero. El fatídico estreno del libro de honor de las víctimas tuvo lugar el 13 de julio de 1924, cuando el joven pamplonés Esteban Domeño, de tan solo veintidós años, sufrió una cornada mortal en la zona de Telefónica por un toro de la ganadería del Conde de la Corte.
Apenas tres años después, el 10 de julio de 1927, el luto regresó a la ciudad cuando el astado Gironero, de la divisa de Celso Cruz del Castillo, hirió de muerte a Santiago Martínez Asuero en la cuesta de Santo Domingo, el tramo donde el toro sale con toda su potencia intacta.

La lista continuó aumentando en décadas posteriores, dejando mañanas negras como la del 10 de julio de 1947, un encierro maldito donde la ganadería de Antonio Urquijo dejó un doble luto histórico: el toro Semillero segó la vida de Casimiro Heredia en la Estafeta y, en esa misma carrera, el toro Navarrito causó heridas mortales a Julián Zabalza en el mismo ruedo de la plaza.
Las décadas más oscuras y los nombres de la memoria
Los años setenta y ochenta fueron especialmente duros para la organización de la fiesta. El 13 de julio de 1974, exactamente cincuenta años después de la primera víctima, el corredor Juan Ignacio Eraso falleció en el callejón tras ser enganchado por un toro de herederos de Don Salvador Guardiola Fantoni.
El año 1977 dejó otra de las jornadas más dramáticas que se recuerdan. El 11 de julio, un imponente tapón humano en la puerta del callejón asfixió al joven José Joaquín Esparza, de veintitrés años. La entrada a la plaza se convirtió en una trampa mortal debido a la acumulación de mozos caídos, una de las mayores pesadillas de los pastores.
Si hay una muerte que impactó a la opinión pública internacional por la crudeza de las imágenes de televisión, fue la de Matthew Peter Tassio el 13 de julio de 1995. Este joven estadounidense de veintidós años fue alcanzado por un toro de Torrestrella en la plaza del Ayuntamiento tras levantarse del suelo, una de las infracciones más peligrosas que se pueden cometer en el encierro.

La última víctima y el respeto sagrado al riesgo
El último nombre impreso en este trágico memorial es el de Daniel Jimeno Romero, un madrileño de veintisiete años que perdió la vida el 10 de julio de 2009. Daniel sufrió una herida mortal en el cuello por el toro Capuchino, de la ganadería de Jandilla, en el tramo de Telefónica. Su pérdida conmovió profundamente a la comunidad de corredores, que cada año rinde un emotivo homenaje floral en el vallado donde el joven fue alcanzado.

Los días se agotan y la gran cita del año está a la vuelta de la esquina. Cinco mañanas de espera para volver a escuchar el cántico frente a la hornacina. Conocer la historia de los encierros implica asumir sus luces y sus sombras. El respeto a las dieciséis víctimas de la piedra pamplonesa nos recuerda que el pañuelo rojo no es un simple disfraz de verano, sino el símbolo de un rito donde la vida y la muerte corren de la mano de forma real. A Pamplona hemos de ir.