El calendario avanza con un ritmo frenético y los corazones de los navarros ya golpean con la fuerza de una manada en carrera. Quedan exactamente nueve días para que las agujas del reloj marquen las ocho de la mañana de ese bendito siete de julio y la cuesta de Santo Domingo estalle en mil pedazos. La tensión se masca en el ambiente y los pañuelos rojos ya asoman en los bolsillos. Sin embargo, al mirar hacia las tardes de la Feria del Toro, el coso de la Misericordia evoca este año un eco de nostalgia imborrable. Pamplona se dispone a vivir sus segundos Sanfermines sin ver cabalgar sobre el albero al torero que revolucionó el arte del rejoneo: el centauro de Estella.

Aunque la feria sigue su curso incombustible, la memoria del aficionado sigue muy viva. Es imposible no recordar la tremenda emoción que se vivió cuando Pablo Hermoso de Mendoza se retiró de la plaza de Pamplona, su santuario particular, cortando las dos orejas en una tarde de lágrimas y ovaciones atronadoras. Aquel adiós de su público talismán fue el preludio de su histórica campaña internacional de despedida, un viaje de gratitud mundial que culminó con su retirada definitiva de los ruedos.
Para calibrar la dimensión de Pablo Hermoso de Mendoza en Navarra hay que entender lo que supuso su irrupción a principios de los años noventa. El toreo a caballo, considerado hasta entonces por muchos un festejo menor o de apertura, cambió para siempre cuando aquel chaval de Estella empezó a fundirse en un solo ser con sus monturas. Pablo no solo toreaba a caballo; hacía torear a los caballos.
Su comunión con la plaza de Pamplona fue un idilio perfecto de exigencia, entrega y triunfos legendarios. Nadie como él supo entender la idiosincrasia de los tendidos pamploneses, templando la embestida de los toros con la elegancia de su mítica e inolvidable montura Cagancho, o desafiando las leyes de la gravedad en terrenos imposibles con Chicuelo o Disparate. Cada tarde de rejones, la cita con el maestro navarro era el rito obligado, el descorche de una feria donde la plaza entera se rendía unánime a sus pies.

El maestro se marchó de los ruedos con los deberes hechos y la gloria asegurada, pero dejó a la afición navarra el mejor consuelo posible: su propio linaje. El testigo y la responsabilidad de mantener vivo el apellido en lo más alto del escalafón descansan ahora sobre los hombros de su hijo, Guillermo Hermoso de Mendoza. El joven jinete, que ya vuela alto por méritos propios y atesora triunfos de máxima fuerza en las principales plazas, encarna el presente y el futuro del rejoneo.

Ver de nuevo el apellido Hermoso de Mendoza en los carteles de la Misericordia es el mejor recordatorio de que las grandes leyendas nunca mueren del todo; se transforman en herencia. Cuando las monturas de la casa vuelvan a pisar el ruedo pamplonés, el público revivirá los mejores años de un arte que en esta tierra se escribe con mayúsculas.
Los días se agotan a una velocidad de vértigo y la impaciencia ya es un clamor en cada esquina de la ciudad. Nueve mañanas de espera para que las alpargatas vuelvan a morder el adoquín húmedo del recorrido y los toros vuelvan a mandar en la calle. La historia de la Navarra taurina aguarda en los corrales y el Chupinazo está a la vuelta de la esquina. A Pamplona hemos de ir.