
Cuando el reloj de la Maestranza marca la hora de los Miuras, el ambiente en Sevilla cambia. No es una tarde más; es el día en el que el respeto se palpa en el silencio de los callejones y la liturgia taurina recupera su aroma más ancestral. En los corrales, seis moles de impresionante alzada y mirada de siglos aguardaban para examinar la capacidad, el valor y el oficio de tres toreros dispuestos a todo. Con el sol de justicia bañando el albero y la tensión vibrando en los tendidos, se abrieron los portones para dar paso a una de las corridas más variadas de la feria, donde la nobleza más exquisita y el peligro más sordo de la «A coronada» se dieron la mano en una tarde de emociones fuertes.
Manuel Escribano abrió la tarde con una declaración de intenciones: se fue a la puerta de chiqueros. Recibió a ‘Desterrado’ (621 kg) a portagayola, un toro muy alto y montado que no humilló en el envite inicial y que incluso llegó a saltar al callejón, sembrando el pánico.En la muleta, el toro mostró nobleza pero una alarmante falta de poder y una tendencia a llevar la cara alta. Escribano, muy centrado, entendió que no podía obligarlo. Le dio tiempos, distancias y mucha suavidad. Aunque el toro se quedaba corto, especialmente por el pitón izquierdo, el de Gerena logró meterlo en la canasta en las series finales, toreando con mucho aplomo. Una estocada trasera y baja enfrió la petición de oreja, quedando todo en una calurosa ovación.
El segundo titular, ‘Dantesco’, fue devuelto tras derrumbarse por su falta de fuerzas, pese a que Pepe Moral lo recibió con emoción a portagayola. En su lugar salió el sobrero ‘Gallero’, un buey de 679 kilos.Moral volvió a recibirlo de rodillas en chiqueros y cuajó un recibo de verónicas excepcional, ganando terreno hasta el centro del anillo. El toro empujó con riñones en el caballo y mostró tranco en los primeros tercios. Sin embargo, en la muleta, el viento se convirtió en el peor enemigo de Pepe Moral. El toro necesitaba inercia, pero el de Los Palacios tenía que perder pasos por la largura del animal. Al final, el de Miura se orientó, el viento «secuestró» la faena y la estocada baja tras un pinchazo sentenció el silencio.
El tercero fue el nombre propio de la corrida. ‘Lamparillo’ (589 kg) fue un toro serio, astifino y, por encima de todo, un animal con una clase y un ritmo impropios de lo que dicta el mito de esta casa. Román lo entendió a la perfección.Tras un inicio vibrante, el valenciano se asentó en el ruedo de Sevilla para cuajar una faena de mucho peso. Dejó la muleta siempre puesta, ligando los muletazos con una suavidad exquisita y entendiendo la distancia que el toro necesitaba. El toro humillaba, hacía el avión y permitía a Román reducir la embestida en tandas rotundas bajo los sones de ‘Juncal’. Era una faena de dos orejas indiscutibles, pero el sino de los toreros cambió con la espada: tres intentos con el acero emborronaron una de las actuaciones más importantes de Román en esta plaza.
Manuel Escribano volvió a jugársela en chiqueros con el cuarto. Fue un inicio accidentado; el toro perdió las manos en el embroque y Escribano quedó a merced del animal, logrando salvar el percance de milagro.‘Montesino’ tenía calidad pero estaba «cogido con alfileres» en cuanto a fuerzas. Escribano realizó una labor de cirujano: nada de tirones, nada de violencia. Toreó con los vuelos, dejando la muleta en la arena y tirando de la embestida con una delicadeza absoluta. El toreo al natural tuvo una categoría suprema. Tras una estocada fulminante, Sevilla se tiñó de blanco y el presidente concedió la oreja, premiando la inteligencia y el temple del sevillano.
Si el tercero fue la gloria, el quinto fue el infierno. ‘Abutardo’ (636 kg) fue un toro «orientado», que nunca se entregó y que buscaba con una agilidad de cuello terrorífica. Desde el capote, Pepe Moral vio que el animal no tenía un pase claro.Aunque cumplió en varas, en la muleta se convirtió en un jeroglífico indescifrable. El toro se quedaba sobre las manos, siempre midiendo. Moral intentó buscarle las vueltas, pero ante el peligro evidente y la nula posibilidad de triunfo, decidió abreviar con criterio. Fue, sin duda, el toro más difícil y peligroso de toda la feria.
Para cerrar la tarde, Román se enfrentó a ‘Palillero’, un cárdeno oscuro de 605 kilos. El toro tuvo una prontitud asombrosa en el caballo, derribando en el primer encuentro, pero desarrolló sentido rápidamente en banderillas.La faena de muleta fue un ejercicio de valentía extrema. Román se puso en el sitio donde queman los pies, exponiendo una enormidad ante un toro que no permitía ligar más de dos pases y que buscaba el cuerpo del torero tras cada embroque. Fue una labor de mucha tensión en los tendidos, con el horizonte del percance siempre presente. Tras una estocada en buen sitio, Román recibió una atronadora ovación que reconocía su capacidad y su entrega absoluta frente a un lote de luces y sombras.
Ya con el sol cayendo bajo el Guadalquivir, con los ecos de la música de ‘Juncal’ aún resonando y el aroma a pólvora y sangre desvaneciéndose, Sevilla abandonó la plaza con la sensación de haber presenciado la verdad del toreo. Fue una jornada de contrastes violentos: desde la caricia técnica de Escribano para sostener la seda del cuarto, hasta la entrega absoluta de un Románque acarició la gloria y terminó oliendo el miedo. La moneda cayó de cara para unos y de cruz para un Pepe Moral que sorteó lo indescifrable. Los Miuras, fieles a su historia, no dejaron a nadie indiferente, recordando al mundo que en este rito nada está escrito y que, ante el toro de viga, solo el temple y el corazón logran escribir páginas de oro.
