Una aureola de expectación envolvía la tarde de hoy en la maestranza con la premisa de la comparecencia del diestro cigarrero, que llegaba con el precedente de lo exhibido en la tarde del Domingo de Resurrección por el maestro de la puebla. Un cartel rematado por Juan Ortega que sorteó el peor lote de la tarde, y Víctor Hernández que dejo una magnífica carta de presentación en Sevilla con el toreo al natural.
Abrió la tarde el famoso toro del que se desconocía su presencia hasta que no saltó a la plaza. De manera casual, y como si se tratase de un aviso, fue el peor toro de la tarde. Recibió Morante al primero de Álvaro Núñez con unas verónicas que pronto con los tendidos. A medida que avanzaba la lidia, el toro se fue diluyendo y tras intentarlo Morante por ambos pitones lo pasaportó rápidamente.
Las agujas del reloj se aproximaban a las ocho en punto de la tarde cuando “Colchonero”, de Álvaro Núñez, pisó el albero de la Maestranza. A partir de ahí dio comienzo la faena más inenarrable que se recuerde. Tomó el capote entre la esclavina y el borde para abrirse a unos lances a una mano desde las tablas, evocando aquel memorable 1 de mayo de 2025 en Sevilla, cuando el toreo rozó lo imposible.
El de Álvaro Núñez se mostró desentendido con la capa hasta que el cigarrero le ganó terreno con autoridad y le bordó un repaso por verónicas de una suavidad incontestable. Ya con la música en el aire, el sevillano en los medios cerraba el recibo con un ramillete de tijerillas que eran el anuncio de lo que vendría. Se dispuso a los palos manteniendo en pie a los tendidos, y tras dos pares de una verdad rotunda, pidió una silla de madera para replicar su tarde de Ronda y firmar allí su último par. Desde esa postura, sereno y suspendido en la memoria, pareció dialogar con Paco de Lucía en un lenguaje sin palabras. Dejó claro que lo tangible es efímero y lo vivido siempre permanece.
No conforme con lo ya mostrado, inició la faena como había cerrado los palos, con ayudados por alto de una lentitud casi irreal, evocando su paso por Nimes. La banda sostenía lo justo, mientras un “Currito de la Macarena” flotaba sobre Sevilla al compás de lo imposible. La Maestranza, llena hasta la bandera, fue testigo de algo que solo uno, a día de hoy, puede llegar a componer con tanta verdad y tanta pureza. Si es cierto que Morante es un genio, también ha de serlo el hecho de que no hay poeta capaz de transmitir lo hoy vivido en el ruedo del Baratillo.
A la salida, fueron innumerables los jóvenes que acompañaron a Morante de la Puebla camino de los aledaños de la Maestranza como si de un Dios se tratase. Compusieron así una estampa que hablaba por sí sola. Aunque en un inicio no se mostró de acuerdo con ese acompañamiento, en su rostro se adivinaba una felicidad serena, de esas que no necesitan palabras. Los aficionados trataron de sacarlo por la Puerta del Príncipe, pero las autoridades no lo permitieron. Y como sello definitivo de la tarde quedó esa estampa irrepetible de Morante de la Puebla alejándose por la calle Iris, ya convertido en recuerdo vivo de la tauromaquia.
Juan Ortega se fue a portagayola en el segundo en un acto de compromiso con la tarde. Días antes en una entrevista concedida para este medio ya dejó entrever que llegaba a este con ganas de transmitir lo que lleva dentro, y de ese sentir brotó la idea de marcharse a la puerta de toriles. El toro de Álvaro Núñez salió frío, sin celo, casi indiferente al mundo que lo aguardaba. Pero Ortega, con la serenidad de lo inevitable, lo fue despertando poco a poco. Bastaron dos verónicas y una media para suspender el tiempo, para que la plaza entera quedara encandilada.
Víctor Hernández respondió al quite por gaoneras, vibrante, como un eco del que viene a buscarse un lugar frente a la templanza de Ortega. Ya con la muleta, el sevillano encontró en el pitón derecho un cauce limpio por donde hacer brotar el toreo, series templadas que respiraban hondura. Por el izquierdo, en cambio, el toro se descomponía, cambiaba de alma; en uno de los naturales, el drama se insinuó con un derrote que lo prendió sin consecuencias. La estocada puso fin al encuentro, y las palmas sonaron como un reconocimiento sincero.
En el quinto, con un murmullo incesante aún flotando en el aire por la sinfonía de Morante, el silencio pesaba más que nunca. No era fácil volver a empezar. Ortega lo intentó desde el capote, arrebatado, como si quisiera romper ese hechizo anterior a golpe de emoción. El inicio de faena, rodilla en tierra, fue una entrega total, casi un acto de fe.
Pero el toro, soso y sin fondo, se fue apagando como una llama sin viento. Ortega lo buscó por ambos pitones, insistente, paciente, tratando de arrancarle lo que no tenía. Y aunque la materia prima se desvanecía, quedó el gesto, la voluntad de quien entiende que torear también es dialogar con el vacío.
Víctor Hernández se presentó en la Maestranza con la seriedad de quien sabe que hay plazas que no se solo se pisan. Y desde el primer lance dejó su sello de toreo vertical, firme, tejido con ese temple que no se impone, se siente. El recibo capotero tuvo el eco alegre de las caleserinas y la emoción encendida de una larga cambiada de rodillas, como una declaración de intenciones en el albero sevillano.
Brindó al público al que por vez primera se presentaba. Y la faena comenzó en quietud solemne, por estatuarios, con una impasividad inexplicable. El toro de Álvaro Núñez acudía con nobleza, y Victor supo leerlo desde el primer instante. Muy firme el madrileño, asentado, construyó una faena de verdad, sin atajos, apoyada con hondura en el pitón izquierdo. Los naturales nacían de frente, con un embroque sensacional, gobernando cada embestida con un pulso seguro. Hubo verdad en cada trazo, una sinceridad que no necesita adornos. El epílogo llegó con muletazos verticales y templados. La estocada puso rúbrica, y la oreja cayó como premio a una obra sin alardes pero llena de autenticidad.
En el sexto, ‘Trampero’ ofrecía una embestida deslucida, sosa, de esas que apagan el entusiasmo de un torero que se presenta. Le costaba romper, entregarse. Pero el madrileño, lejos de rendirse, volvió a encontrar en el natural un refugio, un hilo del que tirar. Siempre haciéndole las cosas bien, con paciencia de orfebre, tratando de extraer belleza donde apenas había materia.
Remató por bernadinas, ajustadas, como un último latido antes del silencio. La estocada fue certera, y hubo petición, ese murmullo colectivo que mide lo que queda flotando en el aire cuando el toro ya no está.
FICHA DEL FESTEJO:
Real Maestranza de Caballería (Sevilla). Corrida de toros.
Toros de Álvaro Núñez.
6ª de abono – 16 de abril
Morante de la Puebla: Silencio y Dos vueltas al ruedo
Juan Ortega: Ovación y Silencio
Victor Hernández: Oreja y Ovación tras petición
Entrada: Lleno de «NO HAY BILLETES «

