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Palavas: cuando una tradición no cabe en un expediente

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Hay cosas que cuesta explicar a quien nunca ha sentido el mundo del toro. Lo ocurrido en Palavas-les-Flots es una de ellas. Una decisión judicial ha impedido, de momento, que se celebre la corrida prevista para el 10 de octubre, al considerar que no existe una tradición local ininterrumpida de corridas con muerte de toro.

Y uno, como aficionado, no puede evitar hacerse una pregunta bastante sencilla: ¿de verdad una tradición desaparece porque durante unos años deje de celebrarse?

Palavas-les-Flots tiene una historia taurina que viene de lejos y conserva una cultura vinculada al toro. Porque una tradición no es un calendario ni una sucesión de fechas en un expediente. Una tradición vive en la memoria, en las plazas, en las peñas, en los aficionados y, sobre todo, en aquello que una generación entrega a la siguiente. Si durante unos años una plaza deja de celebrar corridas, ¿significa eso que ha dejado de ser taurina? ¿O simplemente que una tradición ha permanecido dormida, esperando volver a despertar?

Porque aceptar lo primero nos llevaría a una paradoja difícil de explicar: se deja de celebrar una tradición, se declara extinguida y, precisamente porque se ha extinguido, ya nunca puede recuperarse. Pero hay algo más que no deberíamos olvidar: el toreo es arte. Y el arte no siempre se puede encerrar en las categorías de un expediente administrativo. El arte tiene algo de misterio, de emoción y de libertad. Se reconoce cuando aparece. Se siente antes de poder explicarlo. Y, en cierto modo, el arte se defiende a sí mismo: cuando una obra conmueve, cuando una faena queda en la memoria, cuando un artista es capaz de crear algo irrepetible, no necesita que un funcionario le conceda su condición de arte.

Eso es precisamente lo que hacía especialmente singular la corrida de Palavas. Morante de la Puebla había aceptado el reto de matar tres toros él solo, en un mano a mano planteado como un acontecimiento excepcional. No era simplemente una tarde más de toros. Era una apuesta artística, un desafío personal y una manera de decir que todavía quedan hombres dispuestos a ponerse delante del toro para crear algo que no puede repetirse. Y ahí aparece una palabra que debemos defender con la misma firmeza con la que defendemos nuestras tradiciones: libertad.

Libertad para crear. Libertad para contemplar un arte que forma parte de una cultura. Libertad para que quienes aman la tauromaquia puedan seguir disfrutándola dentro de la ley. Y también libertad para que una ciudad pueda recuperar una tradición que durante un tiempo dejó de celebrar.

Naturalmente, quien está contra la tauromaquia tiene derecho a defender sus ideas y a acudir a los tribunales. Pero quienes amamos el toro también tenemos derecho a preguntarnos si, mediante interpretaciones cada vez más restrictivas del concepto de tradición, no se está intentando conseguir por la vía judicial lo que no se ha conseguido mediante una prohibición directa. No se trata de atribuir al juez intenciones que desconocemos. Se trata de mirar las consecuencias.

Porque hoy es Palavas y mañana puede ser cualquier otra plaza. Y si una tradición puede quedar jurídicamente enterrada porque durante unos años no hubo corridas, el futuro de muchas plazas podría quedar condicionado por el mismo razonamiento.

La corrida del 10 de octubre, de momento, no podrá celebrarse. Morante no podrá salir a ese ruedo para enfrentarse a esos tres toros. Pero una tradición no desaparece porque se cierre una puerta, igual que el arte no deja de existir porque alguien intente ponerle una frontera.

El arte se defiende creando. La libertad se defiende ejerciéndola. Y las tradiciones se defienden manteniéndolas vivas.

Quizá por eso, en esta historia, lo más importante no sea solamente una corrida que no se celebrará, sino la voluntad de volver a abrir una plaza y devolverle una parte de aquello que algún día fue suyo. Porque los taurinos sabemos que una plaza puede guardar silencio durante años y, sin embargo, seguir esperando el sonido de un clarín. Y cuando llegue ese día, cuando vuelva a abrirse la puerta de chiqueros y el toro pise la arena, habrá quedado demostrado que hay tradiciones que pueden dormirse, pero mientras exista alguien dispuesto a defenderlas, no están muertas.

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