La tarde en el coso comenzó con un lleno de «no hay billetes» y un ejemplar de Hnos. García Jiménez que, aunque rebosante de clase, pecó de una alarmante falta de fuerzas. José María Manzanares supo administrar con inteligencia los terrenos, estructurando una faena de mimo y suavidad sobre la mano diestra. Los momentos de mayor calado llegaron al natural, donde el alicantino, con la figura vertical y acompañando el viaje del astado, dibujó pases de bella factura que calaron en los tendidos. Tras una estocada de ley, hubo una petición de oreja que el presidente no atendió, quedando el reconocimiento en una ovación que el diestro, con rigor, no salió a saludar.
El segundo de la suelta permitió a Roca Rey pasear el primer trofeo tras una labor de largo metraje y poderío. El peruano se enfrentó a un toro de embestida brusca al que fue sometiendo con firmeza, logrando calentar unos tendidos que hasta entonces se mostraban gélidos. La faena alcanzó su cenit en las cercanías, donde Roca Rey se fundió con los pitones en circulares que terminaron de rendir a la plaza. Tras escuchar un aviso y recetar una estocada casi entera, cortó una oreja con una fortísima petición de la segunda que no fue concedida por el palco.
Con el tercero llegó el aroma del toreo sevillano de la mano de Pablo Aguado. Su recibo capotero fue un monumento a la cadencia, con verónicas mecidas que tuvieron ritmo y duende. Tras un quite por chicuelinas de gran calado, inició la faena de muleta con doblones de una torería suprema. El toro humilló con nobleza, permitiendo a Aguado desplegar un concepto lleno de temple y personalidad. Sin embargo, el mal uso de los aceros —media estocada y descabello— emborronó una obra de alta nota, teniendo que conformarse con una calurosa ovación del respetable.
La suerte fue esquiva para Manzanares en el cuarto, un animal abanto y deslucido que nunca quiso emplearse en los engaños. El alicantino intentó fijarlo sin éxito, encontrándose con una condición defensiva que imposibilitó cualquier atisbo de lucimiento estético. Lo más destacado de este capítulo fue la maestría de Manzanares en la suerte suprema, cobrando una estocada de excelente ejecución que le valió las palmas de la afición.
El quinto fue el garbanzo negro de la función, un astado complicado y de escasa clase que se defendió con brusquedad. Roca Rey derrochó disposición desde el inicio de rodillas, tratando de buscar las pocas virtudes que el toro escondía, pero la falta de entrega del animal llegó incluso a desarmarlo. Sin opciones de triunfo y poco acertado con la espada ante la pésima condición de su oponente, el silencio acompañó el final de su actuación.
La tarde se cerró con una lección de maestría por parte de Pablo Aguado frente al sexto, un toro terciado y manso que saltó entre protestas. Aguado, que ya había brillado con el capote, planteó una faena de gran inteligencia, cambiando los terrenos y sujetando las huidas del animal con un pulso exquisito. Logró hilvanar series meritorias sobre la diestra, sin renunciar jamás a su clasicismo, y elevó el tono final con estatuarios y cambios de mano llenos de torería. Tras una buena estocada, el sevillano paseó una oreja de mucho peso que puso el broche de oro al festejo.
• MANZANARES, silencio y palmas
• ROCA REY, oreja con fuerte petición de la segunda tras aviso y silencio
• PABLO AGUADO, ovación y oreja

