Público

Es lo que quiere el público

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«Es lo que quiere el público». Es una de esas frases que se repiten tanto que hemos
terminado aceptándola como una verdad incontestable. Pero no, señor. No es lo que quiere
el público. Es lo que quieren los toreros, lo que permiten los empresarios, lo que crían los
ganaderos y lo que nos tenemos que tragar los aficionados.

Porque resulta curioso que, cada vez que se cuestiona el toro excesivamente toreable, repetidor y previsible, aparezca inmediatamente la misma respuesta: «Es lo que pide la afición». ¿De verdad? ¿Desde cuándo el público ha pedido un toro capaz de embestir cien veces prácticamente de la misma manera para construir faenas interminables, de corrección técnica y escasa trascendencia emocional?

El público quiere emocionarse. Quiere que ocurra algo. Quiere recordar una tarde, un toro, un muletazo. No necesita contar hasta cien. Una faena puede tener cincuenta pases y desaparecer de la memoria en cuanto se pisa la calle; otra puede tener diez y permanecer allí durante años.

Salvo la actual excepción de Morante de la Puebla, no hay toreros capaces de crear una obra verdaderamente trascendental con el toro que predomina actualmente. Y es que hasta el torero necesita épica. Necesita un animal que le obligue a crecer, que ponga en juego su valor, que le permita convertir el peligro en arte. Si eliminamos del toro buena parte de su incertidumbre, de su poder y de su capacidad de exigir, también estamos limitando al torero. Porque la grandeza necesita dificultad.

Un toro que repite indefinidamente puede permitir una faena técnicamente impecable, pero cuando la embestida se convierte en una sucesión mecánica y el peligro desaparece, la emoción empieza a marcharse por la puerta de chiqueros. El toreo no es una demostración de resistencia ni una competición por acumular muletazos. Es otra cosa. Es ese instante en el que nadie en el tendido sabe qué va a suceder y, precisamente por eso, todos miran.

Quizá hemos confundido lo que el público tolera con lo que el público desea. Y no son la misma cosa. Al aficionado se le ofrece un modelo de toro, se acostumbra a él y después se utiliza esa costumbre como argumento para seguir criando el mismo toro. Un círculo perfecto. Pero la Fiesta no debería conformarse con aquello que simplemente funciona. Debería aspirar a aquello que trasciende.

Porque el público no necesita que le digan qué quiere. Necesita que le den motivos para emocionarse.

Y cuando aparece un toro con casta, poder, incertidumbre y peligro, y delante de él un torero dispuesto a jugarse de verdad la gloria, nadie pregunta cuántos pases habrá.

La plaza simplemente contiene el aliento. Y eso, precisamente eso, es lo que queremos los aficionados.

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