La tarde se presentaba en el circo taurino con el pulso acelerado de los grandes acontecimientos, congregando a una afición ávida de emociones fuertes que llenó los tendidos hasta la bandera. El festival dejó un balance artístico intenso, de esos que marcan el pulso de una temporada, salpicado de momentos de auténtica altura torera, momentos de zozobra por la dureza del ruedo y un triunfo incontestable de figuras que supieron imponerse a las complicaciones del encierro.
Abrió plaza el toreo a caballo con la maestría y la elegancia de la dinastía de los Joao Moura (padre e hijo), quienes torearon en collera frente a un buen ejemplar de Benítez Cubero, de bello pelo berrendo en negro. Aprovechando la nobleza inicial del animal, aunque este careciera de un punto mayor de fondo y transmisión en el tramo final, los jinetes brillaron con un toreo de cercanías, muy clásico y fiel al concepto «a la federica», dejándose llegar al burel verdaderamente muy cerca de la grupa. La sincronización milimétrica en la colocación de los rehiletes y las banderillas cortas levantó los primeros clamores y olés unánimes de los tendidos. Tras un rejón de muerte algo perpendicular y trasero, y dos descabellos firmados por el joven Moura, la presidencia —en manos de Macarena de Pablo-Romero— concedió una merecida oreja muy celebrada tras el emotivo brindis previo a Javier Buendía y Rafael Peralta Revuelta.
El maestro César Rincón desplegó destellos de su inagotable torería frente a un lote exigente y harto complicado. Con su primer oponente, un astado de Jandilla soso, falto de fuerzas y a la defensiva que se pegó demasiado pronto al piso, el colombiano se lució en los compases iniciales con templados pases por alto, de la firma y un trincherazo de cartel, aunque la faena se diluyó rápidamente. Posteriormente, con su segundo turno, Rincón volvió a demostrar su immarcescible soltura de capa con verónicas primorosas y un galleo por chicuelinas para llevarlo al caballo, estructurando buenas series por el derecho antes de que el viento molestoso y el apagón físico del oponente frustraran el lucimiento definitivo. Todo quedó en una fuerte ovación al maestro, quien noblemente invitó a saludar a sus compañeros en el tercio.
Alejandro Talavante firmó una de las cimas artísticas y más rotundas de la tarde ante un gran toro de Garcigrande que tuvo nobleza y clase en su embestida. Tras un recibimiento primoroso a la capa, el extremeño desató la locura en los tendidos toreando a placer por ambos pitones, intercalando un concepto abandonado, despacio, con un cambio de mano maravilloso, arrucinas de valor escalofriante, luquesinas y pasándose la muleta milimétricamente por la espalda. Lamentablemente, la gloria y la dureza del toreo van de la mano: tras pinchar en el primer encuentro, al entrar a matar en la estocada fue prendido violentamente, sufriendo una fea voltereta en el suelo donde el animal hizo por él de mala manera, causándole una cornada limpia en el muslo. Con dos orejas ya aseguradas en el esportón que premiaban su magistral obra, tuvo que ser conducido directamente a la enfermería entre la ovación cerrada del respetable.
Roca Rey demostró su inagotable ambición, raza y capacidad de entrega frente al cuarto bis, también perteneciente al hierro de Garcigrande. Tras brindar la faena sus amigos, los recién casados Francisco Failde y Renata a. quienes felicitaba en las redes sociales en la tarde de ayer. El diestro peruano cuajó una labor primorosa. Con una suavidad pasmosa en el capote y un tranco largo y boyante por el pitón derecho, el limeño se metió literalmente entre los pitones, exigiéndole al novillo en busca del triunfo con un arrimón de infarto. Tras un primer pinchazo, enterró el acero con contundencia al segundo intento, desatando la petición popular que concluyó con la concesión de una oreja de ley.
Pablo Aguado aportó su característico compás, gracia sevillana y elegancia natural frente a un astado de El Freixo de embestida pastueña pero incierta. El torero de Triana dibujó muletazos de gran finura y trazo con la cintura, a pesar de que el animal amagó con rajarse y salía con la cara alta. En su segundo turno, tras sufrir una aparatosa y fea voltereta en el capote —en un tercio donde Espartaco brilló y Pepe Martínez instrumentó un buen quite—, volvió a mostrar su temple exquisito ante un burel remiso que no regaló nada por el pitón izquierdo, siendo despedido con una fuerte ovación tras atascarse ligeramente con los aceros.
Cerró la función el novillero Pepe Martínez, quien apostó fuerte desde el mismísimo comienzo de su labor dejándose las rodillas en tierra para sacar con gran seguridad al animal hasta los medios al compás de los acordes de ‘La Gracia de Dios’. El astado de Julio de la Puerta llegó al tercio final con una embestida irregular, imprevisible y visiblemente falto de raza. Ante este panorama, el hispalense no escatimó ni un ápice de entrega; le alargó el brazo con decisión, le ganó terreno y buscó exprimirlo con toques firmes. A base de disposición, logró instrumentar derechazos meritorios, vistosos molinetes y unos arriesgados circulares invertidos antes de un epílogo de manoletinas. Sin embargo, la espada le privó de un trofeo mayor: tras pinchar en dos ocasiones, escuchar el recado presidencial, dejar una estocada que hizo guardia y precisar de descabello, todo quedó en una calurosa ovación que reconoció su firme vocación y futuro.
FICHA DE FESTEJO:
Festival Taurino de Sevilla, Real Maestranza de Caballería de Sevilla
Entrada: No hay billetes
Joao Moura e hijo: Oreja
César Rincón: Ovación
Alejandro Talavante: Dos orejas
Roca Rey: Oreja
Pablo Aguado: Ovación
Pepe Martínez: Ovación
