Morante lo volvió a hacer, no le hizo falta más. Lanceó el capote de brega, tela de exigencia y templanza, como solo él sabe hacerlo. En sus manos se convirtió en prolongación del temple, con el que midió cada centímetro. En el tercio de banderillas, el ambiente cambió de registro. Pidió una silla al tendido, un gesto que hacía tiempo no se veía en el ruedo del Baratillo, devolviendo a la plaza un eco de otros tiempos. Y con esos pares, firmes y de una verdad incontestable, Morante volvió a dejar claro que la tauromaquia le sigue debiendo momentos así. La faena creció después, donde todo parecía ir solo, como si fuera el toro quien siguiera una música invisible. Pero era Morante quien, con una naturalidad impropia de lo imposible, sacaba a Colchonero, de Álvaro Núñez, lo que llevaba dentro y lo que parecía no tener. Todo lo que toca Morante lo hace oro, y la tarde se fue tiñendo de esa certeza. Por encima quedó la estocada, que, de haber sido como la que dejó en el primero, otro gallo hubiera cantado en el desenlace final.

Morante de la Puebla volvió a firmar historia saliendo a hombros, paseando una oreja como antiguamente se hacía, de esas que pesan más por lo que cuentan que por lo que marcan en el pañuelo. Sevilla lo despidió entre una mezcla de admiración y memoria, como si el tiempo se hubiera abierto en canal para dejar pasar a los elegidos. Fue una tarde de reflejos con los más grandes de la historia flotando en el ambiente, entre la inspiración de “El Gallo” y aquellos ecos irrepetibles de Curro Romero en 1983, cuando el arte parecía detener la plaza sin pedir permiso. Y así, entre destellos de clasicismo y verdad, Morante volvió a recordarle a todos que hay tardes en las que no se torea: se escribe historia.

